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Marília Guimarães, la brasileña que secuestró un avión de pasajeros para llegar a Cuba

Ella y sus hijos vivían en la clandestinidad antes de escapar a Cuba / Foto: cortesía.

Marília Guimarães tenía 22 años cuando abordó un avión en Año Nuevo y lo desvió a Cuba. Brasileña de nacimiento, necesitaba salir de su país por la dictadura. Corría diciembre de 1970 y su plan era ir a Montevideo para participar —junto con sus dos hijos, Marcelo y Eduardo, de 2 y 3 años— en el secuestro de un avión comercial, repleto de pasajeros.

Una vez allí, pediría asilo al gobierno de Fidel Castro para escapar así del régimen militar que se había impuesto en Brasil en 1964 tras “un sangriento golpe de Estado que derrocó al primer presidente de izquierdas de ese país, João Goulart”.

Los pequeños creían que se trataba de un viaje para visitar a unos amigos y a su padre. Pero la realidad era “que este último estaba en la cárcel y que no volverían a corto plazo“.

En una entrevista a la BBC, la mujer, hoy de 70 años, explicó:
Llegamos a la conclusión de que la única manera de acabar con la dictadura era a través de la lucha armada

De cómo inició todo

Eran tiempos de liberación: París, Londrés, África, América…todo estaba convulsionado. Marília era adolescente y con ideales revolucionarios. Había sido una seguidora de Goulart, “así que poco después de su caída se unió a un pequeño grupo de resistencia armada decidido a expulsar a los militares del gobierno”. Se llamaba la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR).

 

Actualmente, vive en Brasil / Foto: cortesía BBC.

“Al principio, me involucré en la logística. Por ejemplo, si iba a haber un asalto a un banco o si necesitábamos robar un auto para alguna acción, un camarada y yo hacíamos la misión de reconocimiento, calculábamos cuánto tomaría llegar hasta allí y volver”

A finales de los 60, Marília vivía en Río de Janeiro con su marido, uno de los líderes del grupo guerrillero.

Marília repartía el tiempo entre el cuidado de los niños y su trabajo en la escuela local, que en realidad cumplía una doble función.

“La escuela era un lugar donde los camaradas se encontraban e imprimían libros y panfletos, ya que servía de tapadera (…) Siempre había muchos padres y estudiantes yendo y viniendo, así que no levantaba sospechas”

Estalla la noticia mundial

Aquel 31 de diciembre, el aeropuerto de la capital uruguaya estaba repleto de viajeros de Año Nuevo. Eduardo y Marcelo corrían por la terminal. Un vigilante ayudó a la madre a cuidarlos.

El guardia se hizo cargo de los niños mientras la madre ordenaba el equipaje. Hasta que por fin llegó la hora de abordar.

“Me senté con los niños y los otros camaradas se acercaron a nuestros asientos y les di las armas (…) Las llevaba debajo de mi vestido, amarradas fuertemente a mi cintura con una correa”

Una vez en el aire, los secuestradores se hicieron con la nave y le dijeron a la tripulación y a los 60 pasajeros que el nuevo destino era Cuba. Enseguida, mostraron su nerviosismo.

“Uno de los camaradas cogió el interfono y les dijo que nos dirigiríamos a Cuba para poner a salvo a Marcelo y Eduardo y que lo hacíamos para denunciar la tortura del dictador”

Aterrizajes cada dos horas

La aeronave era muy pequeña, por lo que no tenía la suficiente carga de combustible para atravesar Suramérica y El Caribe hasta llegar a Cuba. “El piloto les explicó que tenía que aterrizar cada dos horas para rellenar el depósito“, reseña la publicación.

La primera parada fue Buenos Aires, la segunda Chile y, la siguiente, Perú, donde sí tuvieron problemas. Ya para entonces, la noticia del secuestro le había dado la vuelta al mundo.

“Esa mañana, el aeropuerto de Lima estaba lleno de periodistas y de gente que se había acercado a ver la aeronave. Las autoridades decidieron cerrar las instalaciones y dispersarlos”

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El presidente peruano envió a su ministro de Relaciones Exteriores para que intentara convencerla de que bajara. Y aunque le ofrecieron asilo político, no lo hizo.

Tras un prolongado punto muerto, autorizaron el despegue del avión y partió rumbo a Panamá. Pese a que tenían problemas con un motor defectuoso, la nave tomó rumbo a Cuba.

El final

Marília se estableció en La Habana, donde los niños fueron al colegio. Su marido se reunió con ellos después, resume la nota.

No fue hasta noviembre de 1990 que regresaron a Brasil, después de que se restaurara la democracia.

“Las cosas son diferentes hoy en día. En aquel entonces, no teníamos más opciones. Y si estuviera en esa misma situación en la actualidad, con mis hijos, sí, volvería a hacerlo

Redacción Cubanos por el Mundo.

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