Los apagones en Cuba solo sirven para que los delincuentes sigan haciendo de las suyas, y se confirmó una vez cuando un banco en La Habana resultó ser el objetivo de un asalto que desnuda la absoluta incapacidad del régimen para garantizar la seguridad mínima de la ciudadanía.
La sucursal del Banco Metropolitano, ubicada en la esquina de Dolores y 18 en el barrio de Lawton, fue el escenario de una vulneración que demuestra cómo el control estatal se desmorona ante la inoperancia de sus propias estructuras.
La impunidad bajo el amparo de la oscuridad
Según reportó 14ymedio, el asalto ocurrió durante la noche del lunes, aprovechando la oscuridad total que la dictadura impone sobre la isla. El método fue burdo pero efectivo: los criminales violentaron la estructura del cajero automático para irrumpir en el recinto.
Una vecina de la oficina fue testigo de la escena y relató con crudeza: “Rompieron el cajero automático y entraron por ahí”.
Para la mañana siguiente, el régimen, experto en borrar las huellas de su miseria, no dejó ni una señal aparente del ilícito, limpiando la zona con su acostumbrado hermetismo.
El desabastecimiento y el miedo como norma
La desesperación de los ancianos que acudieron el martes a realizar el cobro de sus pensiones se topó con una oficina cerrada y custodiada. El banco en La Habana afectado opera bajo una lógica de subsistencia, donde el efectivo es un bien escaso y controlado.

Dada la restricción de apenas 1.000 pesos por persona y el uso de billetes de baja denominación, es lógico sospechar que la sucursal albergaba una cantidad inusualmente alta de efectivo.
A pesar del evidente quebranto de la ley, el Ministerio del Interior mantiene un silencio sepulcral, prefiriendo ocultar el suceso tras un supuesto operativo que no rinde cuentas a nadie.
Esto no representa un caso aislado; la inseguridad es el nuevo estándar nacional. A pocas cuadras de allí, en la esquina de Dolores y calle 11, un asilo de ancianos sufrió el robo de sus paneles solares bajo el mismo manto de un apagón interminable.
El patrón es claro: donde se apaga la luz, el régimen pierde el control y la delincuencia se enseñorea. Los ciudadanos viven encerrados, víctimas de un miedo constante.
Como afirmó al medio citado una vecina del Reparto de los Médicos, cuya voz resume el horror cotidiano: “Después de las 8:00 de la noche es imposible salir, no sólo por la oscuridad, sino porque están asaltando a las personas y hasta se están metiendo en los edificios para robar, con los dueños dentro de las viviendas”.
El colapso eléctrico como motor del desastre
El desplome energético no solo facilita los robos; es el motor del descontento social. En lugares como San José de las Lajas, las denuncias por asaltos acumulan polvo desde hace meses, mientras los cortes eléctricos que duran hasta 48 horas obligan a los cubanos a salir a las calles.
La Unión Eléctrica, una institución que solo sabe dar malas noticias, reconoce averías que prolongan la oscuridad por casi 40 horas, provocando el malestar de los vecinos. Según sus datos, existen zonas con afectaciones constantes durante todo el horario de la madrugada.
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La situación técnica es dantesca: la Central Termoeléctrica Antonio Guiteras agoniza, nueve unidades termoeléctricas permanecen detenidas y más de un centenar de plantas generadoras no funcionan por la absoluta falta de combustible.
El pronóstico para el sistema eléctrico es una sentencia de muerte para la tranquilidad pública. Se prevé un déficit de 2.000 megavatios para el horario pico, frente a una demanda máxima de 3.000 megavatios, dejando al país operando con solo un tercio de su capacidad necesaria.
Mientras tanto, la población se pregunta cuál será el próximo banco en La Habana o qué otro edificio será violentado mientras el país permanece sumido en el caos energético.
La realidad es que cada rincón, hoy por hoy, es un blanco fácil ante el colapso de un estado fallido que solo sabe reprimir, pero nunca proteger.