El problema de utilizar a China como prueba de la viabilidad de un modelo económico no está en citar el caso, sino en cómo se hace.
China no es solo un sistema político ni una etiqueta ideológica y eso lo debe saber o lo sabe demasiado bien Pablo Iglesias, que según El Diario de Navarra, se marchó a La Habana a hacer un cuento chino.
El gigante asiático es el resultado de una combinación específica de historia, cultura, tamaño demográfico, estructura estatal, inserción internacional y decisiones económicas sostenidas en el tiempo. Su desarrollo —ese que ahora Iglesias pretende exponer al mundo como ejemplo de que el Socialismo es posible— no puede explicarse por una sola variable ni replicarse aislando únicamente aquello que interesa destacar.
El crecimiento chino, por ejemplo, se apoyó en reformas iniciadas a finales de los años setenta que introdujeron mecanismos de mercado, permitieron la entrada de capital extranjero y facilitaron su integración en cadenas globales de producción. Pero ese proceso ocurrió bajo condiciones muy concretas: una población masiva, un Estado con alta capacidad de control, una estrategia exportadora coherente y una continuidad política que permitió sostener esas decisiones durante décadas.
Separar los resultados de esas condiciones es el primero de los errores cometidos por Pablo Iglesias cuando, desde La Habana, nos quiso hacer este cuento chino.
China como prueba del modelo socialista
¿Qué ha sucedido en China?
Si bien hay que reconocer que China ha logrado un desarrollo material impresionante en cuatro décadas, otra cosa muy distinta es convertir ese resultado en prueba limpia de que “el socialismo funciona” sin costos, sin matices y sin contradicciones; y, sobre todo, asumir que ese mismo resultado puede replicarse en Cuba en un plazo similar.
En materia de pobreza, la imagen depende en gran medida de dónde se coloque la vara. China redujo de forma drástica la pobreza extrema; en eso hay consenso. Pero afirmar que la pobreza ha desaparecido sería falso.
El propio Banco Mundial advierte que, utilizando líneas más acordes con un país de ingreso medio-alto, una parte significativa de la población seguía por debajo de esos niveles. En 2021, alrededor del 17% vivía con menos de 6,85 dólares al día, lo que indica que la mejora no equivale a una eliminación estructural de la pobreza, sino a una transformación parcial de sus formas.
A eso se suma una desigualdad persistente que no se limita al ingreso. La brecha entre regiones, entre campo y ciudad, y entre quienes poseen registro urbano y quienes no, sigue marcando el acceso a servicios y oportunidades. El sistema hukou, aun con ajustes, continúa generando situaciones en las que millones de trabajadores participan en el crecimiento económico sin integrarse plenamente en los derechos asociados a ese desarrollo.
En el plano de los derechos civiles, las objeciones son más difíciles de relativizar. Informes recientes de Freedom House sitúan a China entre los entornos con menores niveles de libertad política y civil, documentando prácticas como detenciones secretas, coerción en custodia, restricciones arbitrarias de movimiento y una intervención constante del Estado en la vida pública y privada. En el entorno digital, ese control alcanza uno de sus puntos más visibles: censura sistemática, sanciones por actividad online y una infraestructura diseñada para supervisar, limitar y, llegado el caso, eliminar contenidos.
En el ámbito laboral, la discusión tampoco admite simplificaciones cómodas. El crecimiento chino ha estado acompañado por una presión estructural elevada, con jornadas extensas y competencia intensa en amplios sectores. A ello se añaden denuncias de mayor gravedad. Expertos de Naciones Unidas alertaron en 2026 sobre patrones persistentes de presunto trabajo forzoso que afectan a minorías uigures, kazajas, kirguisas y tibetanas, señalando que, en determinados casos, los elementos coercitivos podrían aproximarse a formas de traslado forzoso o incluso a situaciones equiparables a esclavización. El Departamento de Trabajo de Estados Unidos mantiene, en paralelo, referencias a productos vinculados a estas prácticas dentro de sus listados oficiales.
Todo esto introduce un matiz que el argumento simplificado evita: el desarrollo chino no solo fue resultado de decisiones económicas acertadas, sino también de un marco político y social donde el control estatal, la disciplina laboral y la restricción de derechos han formado parte del proceso.
Por eso, el problema no es reconocer que China ha crecido —eso sería negar la evidencia—, sino convertir ese crecimiento en una validación total del modelo sin incorporar sus tensiones.