El nieto de Raúl, una piscina en Barcelona y el cónsul que vio demasiado: la historia que Cuba no quiere que se cuente

Hay historias que retratan, mejor que cualquier análisis político, cómo funciona el sistema de control que la dictadura cubana ejerce incluso sobre sus propios servidores más leales. La de Dick Hernández Falcón es una de esas historias.

Los orígenes de un diplomático de carrera

Como ocurre con muchos cuadros diplomáticos cubanos, Dick Hernández no eligió exactamente su profesión: fue captado. El Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) tiene la práctica habitual de identificar a jóvenes universitarios con buen perfil político desde segundo año de carrera y redirigirlos hacia la Licenciatura en Relaciones Internacionales. Así comenzó la vida diplomática de este hombre oriundo del municipio de Bauta, en la provincia Artemisa.

Durante décadas, Dick ascendió peldaño a peldaño dentro del escalafón diplomático cubano, realizando múltiples misiones en el exterior siempre acompañado de su esposa, Lucía Odays Pérez. Su trayectoria culminó con el cargo más alto que llegó a ocupar: Cónsul de Cuba en Barcelona, España.

Exconsul cubano, Dick Hernández Falcón
Exconsul cubano, Dick Hernández Falcón

La orden que no debía ignorarse

Con 60 años y a pocos meses de concluir su misión de cuatro años en España, Dick sostuvo una conversación con su esposa sobre el futuro: una misión más, se retiraban. Lo que no sabía es que esa última misión ya estaba siendo abruptamente reescrita.

Una mañana, el funcionario encargado de administrar la Casa de Visitas que la embajada cubana mantiene alquilada de forma permanente en Barcelona —y que está bajo custodia de la Seguridad del Estado— se presentó en el consulado con un mensaje escueto y tajante: al día siguiente, el cónsul no debía acercarse a la casa “bajo ningún concepto”.

Dick no quedó conforme con la explicación. Consideró que su rango merecía al menos una razón. Pasó la noche dándole vueltas al asunto y a la mañana siguiente, alrededor de las 11:00 am, tomó su auto y se dirigió a la propiedad.

El nieto de Raúl, la piscina y la cerveza

Al tocar la puerta, el administrativo lo recibió con una mirada fulminante. Dick no retrocedió. Avanzó hacia el patio y la zona de la piscina, donde encontró una escena que lo explicaba todo: olor a carne asada, música, personas en traje de baño. Entre ellos, un joven que se identificó por su rango diplomático: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro.

Dick se presentó, aceptó una cerveza que le ofrecieron, y se retiró. Aparentemente sin mayor consecuencia inmediata. Pero en Cuba, las consecuencias rara vez son inmediatas.

El cebo del nombramiento

Dos meses después del incidente, le informaron que su misión concluía en 15 días, pese a que aún restaban seis meses. La explicación: “hay planes con usted”. Le insinuaron un posible nombramiento como embajador en un país árabe, Dubai o Catar como opciones favoritas.

Dick regresó a La Habana y retomó funciones en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX). Pasaban los meses y el nombramiento no llegaba. Tampoco llegaron otros gestos que hubieran correspondido a alguien con ese futuro: no le asignaron una de las 75 motos eléctricas repartidas entre el personal que vivía más lejos —y Dick vivía lejos—, no fue invitado a un evento con países árabes relevante para su supuesto destino, y nadie le ofreció el asesoramiento histórico y regional que se da a los futuros embajadores. Todo era silencio, miradas esquivas y conversaciones en voz baja a su alrededor.

La reunión que lo dejó sin palabras

Un año y medio después de su regreso, Dick pidió una reunión con el Viceministro que lo atendía. Expuso sus méritos, su lealtad de décadas, su incomprensión ante el trato recibido. El Viceministro lo escuchó en silencio. Cuando Dick terminó, el funcionario respondió con una sola frase:

“Usted desobedeció una orden que le dio un oficial de la Seguridad del Estado en Barcelona. Y no me digan que usted no sabía.”

Dick, desconcertado, respondió que en ese caso solicitaría la baja. El Viceministro le pidió que lo hiciera “lo más rápido posible”.

Preparando la salida

Hijo de Dick Hernández Falcón, Dick Hernández Pérez, y a la esposa en España
Hijo de Dick Hernández Falcón, Dick Hernández Pérez, y a la esposa en España

Antes de formalizar su renuncia, Dick actuó con la prudencia que dan los años en el sistema: instó a su hijo, Dick Hernández Pérez, y a la esposa de este a abandonar Cuba rumbo a España. También se puso en contacto con una hermana residente en Estados Unidos, previendo su propia eventual salida.

El último sobre

El día que Dick se presentó en las oficinas del MINREX con su solicitud de baja en un sobre, la secretaria le entregó otro sobre con su último salario y vacaciones. Cuando se disponía a marcharse, ella lo detuvo, consultó con el Viceministro y le indicó que pasara.

El funcionario lo dejó con la mano extendida. En su lugar, le tendió un sobre. Mientras Dick lo abría, le dijo:

“Usted lleva muchos años en este ministerio y maneja información muy sensible, lo que lo inhabilita para salir del país en los próximos 10 años. Puede retirarse.”

Dick Hernandez Perez vestido de terrorista árabe
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Dick Hernández, ex cónsul de Cuba en Barcelona, hoy vive en Bauta y “taxea” —una suerte de Uber cubano— para sostenerse. De las misiones diplomáticas, los cargos consulares y la promesa de una embajada árabe, no quedó nada. Solo la prohibición de salir del país por una década y la certeza de que en Cuba, incluso los más leales pagan un precio alto por ver lo que no debían ver.

La información fue recibida por la redacción de Cubanos por el Mundo. Los nombres y datos son aportados por la fuente.

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