Análisis | Respuesta al artículo “Cuba’s farmers rush to sell land as crisis deepens” (Financial Times, 2026)
La crisis agrícola en Cuba tiene un nuevo relato oficial en la prensa occidental: el Financial Times publica un reportaje sobre campesinos cubanos vendiendo sus fincas. El Financial Times publica un reportaje sobre campesinos cubanos vendiendo sus fincas a precios de remate y construye, desde el titular hasta la cita de cierre, una narrativa inequívoca: la culpa es del “bloqueo de combustible” de Donald Trump. El problema no es que los datos del reportaje sean falsos —muchos son ciertos—, sino que el marco es una manipulación por omisión. La crisis del campo cubano no comenzó en enero de 2026 con el corte del petróleo venezolano. Comenzó el 17 de mayo de 1959, y las cifras que el propio FT cita —y entierra en el párrafo dieciocho— lo demuestran.
Lo que el FT admite en voz baja

En medio del reportaje, el FT reconoce, citando datos de la ONU, que entre 2018 y 2023 —antes de cualquier presión renovada de Trump— la producción cubana de cerdo cayó un 95%, la de arroz un 87%, la de frijoles un 70% y la de leche un 58%. Y añade, textualmente, que “la producción doméstica de alimentos ya estaba en un estado calamitoso antes de la renovada presión de Trump”.
Ahí está la confesión. Un colapso del 95% en la producción porcina no lo causa un embargo energético que empezó hace cinco meses. Lo causa un modelo. El resto del artículo —el titular, el enfoque, la cita del Quincy Institute— trabaja para que el lector olvide ese párrafo.
Más aún: la propia fuente del FT, la agricultora Annabelle Cantarero Sánchez, describe sin querer el verdadero verdugo del campo cubano cuando explica que si vendiera su fruta a la cooperativa estatal “no cubriría ni el costo de la persona que ayuda a recogerla”. Eso no es Trump. Eso es Acopio, el monopolio estatal de compra que durante décadas ha pagado a los campesinos precios de miseria, tarde y en moneda devaluada. El FT tiene el testimonio delante y no saca la conclusión.
La destrucción empezó con las reformas agrarias

Para entender por qué Cuba, una potencia agropecuaria en 1958, importa hoy el 80% de lo que come, hay que ir al origen:
Primera Ley de Reforma Agraria (mayo de 1959). Fijó un máximo de propiedad de unas 402 hectáreas y expropió a los grandes productores —los que tenían el capital, la maquinaria, el know-how y los canales de comercialización que habían hecho de Cuba el primer exportador mundial de azúcar—. El Estado se quedó con alrededor del 40% de la tierra.
Segunda Ley de Reforma Agraria (octubre de 1963). Nacionalizó toda finca mayor de 67 hectáreas. El Estado pasó a controlar el 70% de la tierra cultivable, que con la colectivización inducida llegó a superar el 75%. Los latifundios productivos se convirtieron en granjas estatales improductivas. Los productores con experiencia fueron expropiados o empujados al exilio; buena parte de los beneficiarios de la parcelación, sin acceso a insumos, crédito ni mercados libres —y obligados a venderle al Estado a precios fijados por el Estado—, terminaron replegándose al autoconsumo. La producción mercantil a gran escala, la que alimenta ciudades y genera divisas, fue desmantelada por decreto.
El resultado fue tan inmediato que la libreta de racionamiento se instauró en 1962 —dato que el propio FT menciona sin detenerse en lo que significa: el racionamiento llegó tres años después de la revolución, veinte años antes de Reagan, sesenta antes de Trump, y en plena era de subsidios soviéticos multimillonarios.

Las cifras de sesenta y siete años de “éxito” agrario
- Azúcar: de 8 millones de toneladas en 1989 (y más de 5 millones sostenidas durante décadas prerrevolucionarias) a menos de 150.000 toneladas en la zafra 2024-2025, la peor en más de un siglo: Cuba produce hoy menos azúcar que en 1899, recién salida de una guerra de independencia devastadora. En la zafra 2025-2026 prácticamente solo molió un central, Tuinucú, que se paralizó tras unas 5.600 toneladas.
- Ganadería: de unos 6 millones de cabezas de ganado vacuno en 1958 —para 6,6 millones de habitantes, con el tercer consumo de carne per cápita de América Latina— a unos 3,6 millones de cabezas hoy, para 11 millones de habitantes (menos de la mitad en términos per cápita).
- Dependencia: Cuba importa alrededor del 80% de los alimentos que consume, gastando unos 2.000 millones de dólares anuales en comprar lo que su tierra puede producir.
- Tierra ociosa: según cifras oficiales de la propia ONEI, cerca de un millón de hectáreas agrícolas permanecen ociosas y millones más deficientemente explotadas. La tierra está ahí. Quien la mantiene improductiva es el Estado que la confiscó.
Y un precedente que desmonta toda la tesis del FT: el Período Especial. Cuando en 1990 desaparecieron los subsidios soviéticos, el campo cubano colapsó exactamente igual que hoy —sin Trump, sin “bloqueo de combustible”, con el mundo entero dispuesto a comerciar con La Habana—. Un sistema agrícola que se derrumba cada vez que se le corta el subsidio externo no es víctima de sanciones: es estructuralmente incapaz de producir.
El “embargo” que vende comida
El propio reportaje ofrece el dato que refuta su titular: Estados Unidos exportó 477 millones de dólares en alimentos a Cuba el año pasado. Desde la Ley de Reforma de Sanciones Comerciales de 2000, EE.UU. ha sido de manera recurrente uno de los principales proveedores agrícolas de la isla: pollo, maíz, soja. El país supuestamente “bloqueado” le compra la comida al país que supuestamente lo “bloquea”. Lo que el embargo nunca ha impedido es que un guajiro cubano siembre yuca, críe cerdos o venda su cosecha a quien quiera y al precio que quiera. Eso lo impide, desde hace más de seis décadas, el Estado cubano.
Hasta la anécdota central del reportaje delata al régimen: el campesino “Juan” vende 7,5 hectáreas por 8.000 dólares en un país donde el ingreso mediano mensual no llega a 10 dólares. ¿Por qué vale tan poco la tierra en Cuba? Porque sobre ella no hay derechos de propiedad plenos, ni crédito, ni insumos, ni mercado libre, ni seguridad jurídica. Una hectárea agrícola vale lo que vale el sistema en que está atrapada.
Lo que sí es cierto —y lo que significa
Seamos rigurosos, porque la fuerza de este argumento está en no necesitar exagerar: el corte del suministro venezolano y las sanciones de 2026 sí han agravado de forma aguda la situación —sin diésel no hay riego ni transporte, y eso es real y verificable—. Pero agravar no es causar. Trump le cortó el combustible a un enfermo terminal cuya enfermedad se llama colectivización, Acopio, planificación central y expropiación del que sabe producir. La prueba definitiva la da el propio régimen: entre sus 176 reformas “urgentes” no está pedir el fin del embargo, sino permitir bancos privados, inversión privada en empresas estatales y hasta franquicias extranjeras. Cuando el dueño del modelo empieza a desmontarlo, está diciendo qué era lo que no funcionaba.
El Financial Times tenía todos los elementos para contar esa historia. Eligió contar la otra. A eso, en análisis de medios, se le llama framing; en español de a pie, se le llama hacerle el trabajo a la propaganda de La Habana.