Cuba necesita transformarse desde la raíz. La violencia ya habla con voz institucional

Una sociedad donde la violencia ya habla con voz institucional no está simplemente crispada. Está enferma. Y una enfermedad así no se corrige con maquillaje y “medidas”. Se corrige desde la raíz y eso es lo que necesita Cuba.

En días pasados la activista Amelia Calzadilla hizo viral un personaje a raíz de una publicación en Facebook de este, que estaba cargada de descalificaciones personales, tono burlesco y referencias ofensivas dirigidas tanto a figuras públicas como a ella misma. En el post, al que hacía referencia Amelia, su autor —un funcionario con trayectoria dentro del aparato diplomático cubano— utilizaba términos como “mamerta”, “histérica” y “capitana araña” para referirse a una mujer joven, madre y activista, desplazando cualquier posible debate hacia el terreno del descrédito personal y el ataque directo.

Lo que se desplegó a partir de ahí, en la sección de comentarios, no puede despacharse como una simple bronca de redes ni como el típico intercambio vulgar entre perfiles anónimos. Lo que se ve, cuando se leen uno tras otro, es una secuencia coherente de agresiones que dibuja algo más profundo: una forma de relacionarse, de hablar y de entender al otro que ya no distingue entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo institucional.

Sin embargo, lo más significativo es quiénes participan. No predominan cuentas falsas ni identidades difusas (que las hay). Aparecen nombres propios, trayectorias visibles, personas con estudios universitarios, con empleos en organismos estatales, con vínculos profesionales definidos, con familia, con hijos, con una vida que en cualquier contexto sugeriría cierto nivel de formación, autocontrol, cultura, educación, tino y misura a la hora de expresarse; pero justamente ahí, fue donde el contraste se volvió más inquietante: cuanto más sólida parecía la biografía, más chocante resultaba el lenguaje que utilizaron.

El post inicial de Orestes Hernández sobre Amelia ya venía marcado por ese tono. No era una crítica política seca, ni una refutación, ni un desmontaje de argumentos. Venía cargado de burla, de choteo agresivo, de lenguaje descalificador. La llamó “mamerta”, “histérica” y “capitana araña”. Nada de eso intenta discutir una idea. Todo eso intenta rebajar a la persona. En el caso de Amelia, además, hay una operación de género clarísima: no se rebate lo que dice una mujer; se la infantiliza, se la presenta como emocionalmente descontrolada, se la vuelve caricatura. “Histérica” no es un adjetivo cualquiera. Tiene detrás una historia larguísima de descrédito contra las mujeres que hablan, incomodan, protestan o no aceptan el lugar dócil que se espera de ellas. Cuando un funcionario o diplomático usa esa palabra contra una mujer que interviene en el espacio público, no está describiendo un temperamento; está aplicando un viejo mecanismo de castigo verbal.

Pero… ya hablaremos de Amelia.

Luego, en otro post, igual de “interesante”, redujo al embajador norteamericano en Cuba, Mike Hammer, a “mamerto” también.

El problema, sin embargo, no se queda en el interés en que Orestes parece llamar “mamerto” a todo el que no piense como él. Si así fuera, pues discutíamos lo dicho por él y basta; pero no. Cuando uno baja enseguida a los comentarios es cuando se ve con más claridad la cultura que lo rodea.

El post sobre Mike Hammer

El post en cuestión, no el de Amelia, el de Hammer, era una foto de este con su madre, quien vive en Madrid, España, durante una visita que le hizo con motivo de su 91 cumpleaños. Pero si Ud. esperaba unas “felicidades”, pues no: sucedió todo lo contrario.

Abel Sosa, quien en su perfil de Facebook aparece muy “casero” y familiar al lado de su esposa e hijo (o nieto, no se puede precisar bien) escribe sobre la madre de Hammer: “La señora no lo parió, lo abortó o lo vomitó”.

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Eso no es una simple grosería. Ahí hay violencia verbal y hay misoginia. La humillación se construye a través del cuerpo de la madre. No se insulta solo al hijo: se degrada a la mujer que lo trajo al mundo, se ensucia la maternidad, se convierte a una anciana de 91 años en materia prima del insulto político. El cuerpo femenino aparece ahí como basurero simbólico. Esa es una estructura clásica de la misoginia: usar a la mujer como soporte del desprecio ajeno, como recipiente de la ofensa, como zona donde se deposita la suciedad verbal para dañar a otro hombre.

De Sosa no podemos decir mucho porque su perfil no tiene siquiera una biografía; pero sí la tiene Norberto Galiotti, quien muestra su trabajo en la Red Continental Latinoamericana y Caribeña de Solidaridad con Cuba y estudios en la Universidad Nacional de Rosario. Este, dizque universitario, escribió:

“Un auténtico HDP, sin perdón de la madre que lo parió”.

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Otra vez el mismo mecanismo. El insulto parece dirigido al embajador, pero la palabra escogida ensucia a la madre.

Miriam Valdés, cuyo perfil la presenta con vínculos de trabajo en el Ministerio del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, pone “Cara de HP”. Manuel Espinosa Mill, desde Santa Clara, añade: “Ese tipo además de HP es manipulador”. Guillermo Pavón, desde El Vedado, remata: “Qué tipo más HP”. Miguel Moré, también vinculado en su perfil al MINREX y al Instituto de Relaciones Internacionales, escribe “Que hdlp”. Issel Ramon Moreno, que se presenta como notario público, deja simplemente “HP”. Xiomara Sevares resume con “Es un cínico hdp”. Y Edilia Verges escribe “Gran HDP que le eche agua al carro para moverse”.

Todas esas expresiones no son expresiones aisladas. Son una cadena que nace de la violencia. Se repite la misma lógica una y otra vez: cuando falta argumento, aparece la madre; cuando falta inteligencia, entra la injuria sexual heredada; cuando falta contención, entra el código del patio.

Tal muchos puedan argumentar que es un código inocente y neutro porque mucha gente dice “hijo de puta” como quien dice cualquier cosa, como si fuera un insulto dirigido únicamente a esa persona y ya desprovisto de sentido; pero no. Su estructura sigue descansando en una degradación de la mujer. La ofensa pasa por convertir a la madre en prostituta o en figura sexualmente denigrada. Eso es misoginia incluso cuando quien lo escribe no se detiene a pensarlo.

El hábito no borra el contenido. Lo vuelve más peligroso, porque lo normaliza, dejando esa normalización fuera del plano del lenguaje.

Nuestro “querido cónsul en Uruguay”, y sus acólitos que le comentan, deben saber que ese es el mismo sustrato cultural que alimenta la violencia de género, la violencia machista y, en su extremo, los feminicidios. Él, que está casado con Lissette Pérez, la embajadora, que luce tan amoroso con ella en su perfil de Facebook, y otros como él, deben saber, aprender y aprehender, porque siempre existe tiempo para uno convertirse en mejor persona, que no se trata de una relación mecánica ni directa, pero sí de un clima moral: cada vez que ese insulto se repite, se refuerza la idea de que el cuerpo y la dignidad de la mujer son territorio disponible para la humillación. Cada repetición erosiona un poco más el límite, empuja un poco más la frontera de lo tolerable y deja el terreno preparado para formas de violencia más graves. Es una cadena cultural donde el lenguaje no es “inocente”, sino parte activa de la degradación hacia la mujer.

A esa capa se añade otra en los comentarios al post de Hernández. Greca López López escribe sobre Hammer: “A este le cogen el culo”. Ahí la humillación entra por la vía homofóbica. La penetración se usa como imagen de derrota y de inferioridad. Lo masculino es rebajado mediante la asociación con una sexualidad pasiva que se presenta como vergonzosa. Ese insulto solo funciona en una cultura latina y tan atrasada como “la cubana”, que sigue entendiendo ciertas prácticas sexuales como degradación y que sigue utilizando la feminización del otro como castigo. No hace falta que el autor del comentario tenga una teoría elaborada sobre la homosexualidad. El propio lenguaje lo delata. La frase está construida sobre la idea de que ser tomado sexualmente es humillante. Esa es la raíz homofóbica del comentario.

Walter Sánchez Sedez, que en su perfil vive en Montevideo y se presenta como entrepreneur, llama al embajador “maldito gusano” y “estiércol norteamericano”. Alguien con un perfil de Facebook titulado Consulado de Cuba, pero que en sus fotos personales aparece como una mujer, escribe “Es el CERDO más despreciable q existe, con perdón de los cerdos”. Juan Oscar Margrina pone “Sorete”. Long Bertad, en la discusión paralela, reparte “yegua”, amenazas físicas y desafíos de macho de barrio. Todo eso amplía el mapa. Ya no se trata solo de misoginia o de homofobia. Se trata de animalización, de deshumanización, de lenguaje de turba. El adversario deja de ser alguien a quien responderle; pasa a ser basura, excremento, cerdo, gusano, cosa.

Ese deterioro ya sería feo en cualquier espacio, pero aquí adquiere otro espesor porque varios de los perfiles dejan ver estudios superiores, profesiones, cargos públicos o cercanía con instituciones del Estado. Orestes Hernández, en su perfil de Facebook, figura con estudios en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” y con trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores desde 1987. No es un agitador improvisado ni un comentarista de esquina. Es un hombre que lleva décadas dentro del aparato diplomático cubano. Si además, es cónsul de Cuba en Uruguay y su esposa Lissette Pérez es embajadora, entonces el problema se agranda. Porque una cosa es que un cualquiera hable como energúmeno y otra que lo haga alguien que representa a Cuba en el exterior. Ahí el lenguaje privado deja de ser tan privado. Habla también el cargo. Habla la institución. Habla un estilo de poder.

Miguel Moré, también aparece asociado al MINREX y al Instituto de Relaciones Internacionales. Miriam Valdés aparece vinculada al MINCEX. Norberto Galiotti exhibe militancia solidaria organizada con Cuba. Cathy Ribas muestra formación en la Universidad de La Habana. Pedro Torres Durruthy se presenta como creador digital en La Habana. Sonia Quiles Zaragoza, mujer, muestra una vida familiar y doméstica, con hijos, muy común. Dorys Carralero Castro aparece vinculada a la Universidad de Holguín. Hay una trama de escolaridad, de empleo formal, de capital cultural, de institucionalidad, de vida familiar. Con hijos y nietos a los que se les trasmiten valores. ¡Vaya valores que trasmitirán!, pues el lenguaje que circula en las bocas de todos ellos es el de una comunidad política embrutecida.

A pesar de todo eso que “ostentan”, a pesar de ministerios, universidades, relaciones exteriores, comercio exterior y solidaridad internacionalista, hay demasiada violencia verbal, incultura, bajo nivel, y falta de escuela. En todos ellos, tan “cultos”, aparece la misoginia, la homofobia, la vulgaridad, el racismo latente, la lógica de manada, la agresividad celebrada. Eso significa que el problema no es solo de instrucción. Es de formación cívica. Es de cultura política. Es de degradación ética.

Un país puede alfabetizar, como lo hizo Cuba en 1961, y seguir siendo brutal. Puede graduar universitarios y seguir reproduciendo machistas. Puede llenar ministerios de licenciados y seguir fabricando servidores incapaces de disentir sin humillar. Puede mandar diplomáticos al extranjero que, en vez de representar una nación, representen apenas el estilo pendenciero y descompuesto de una élite burocrática que ha confundido convicción con agresión y que precisamente ha caracterizado la política exterior de Cuba durante años. Eso pasa cuando durante demasiado tiempo se educa más para obedecer que para pensar, más para identificar enemigos que para convivir con diferencias, más para repetir consignas que para sostener un debate.

El post sobre Amelia Calzadilla

En el caso de Amelia Calzadilla el patrón se ve con una limpieza brutal. Orestes no la rebate; la rebaja. La llama “mamerta”, “histérica”, “capitana araña”, le sugiere “que deje de coger el c… para sentarse como cara y que se ponga a trabajar”. Ahí no hay diplomacia, no hay inteligencia, no hay altura, no hay siquiera una mala argumentación. Hay un hombre con trayectoria institucional hablando de una mujer en un registro de esquina machista. Eso es peligroso porque además del mal gusto del momento, legitima la violencia, la misoginia y el machismo. Un funcionario que habla así, le dice a su audiencia que eso se puede hacer. Le enseña a sus seguidores que ese es el trato adecuado para la mujer incómoda, y le pone uniforme institucional al desprecio.

Después, como es de sospechar que ocurrió, vino la reproducción, porque los demás aprenden rápido.

Unos la llaman loca, otros gritona, otros oportunista, otros la sexualizan, otros la animalizan. Da igual si están a favor o en contra de ella. El terreno ya quedó embarrado. La conversación pública se pudre. La mujer vuelve a ser el objeto privilegiado de la descalificación política.

Se habla de su cuerpo, de su tono, de su supuesta histeria, de su capacidad de “gritar”, de si engordó en España, de si es fea, de si es bonita, de si tiene ovarios, de si le sobran pantalones. Todo eso desplaza el foco y, al desplazarlo, vuelve a enseñar lo mismo: que una mujer que interviene en lo público sigue siendo medida con instrumentos que a un hombre no se le aplican del mismo modo.

Amelia le respondió demasiado bien en su perfil de Facebook. Para quien quiera ver lo que le dijo acá se lo dejo.

Mi interés al escribir estas líneas, es ahondar en el peligro social de que toda esta violencia que destila el cónsul de Cuba en Uruguay y esposo de la embajadora cubana en ese país, no está solo en el daño inmediato del insulto. Está en la pedagogía que va dejando.

Un hijo que ve a su padre escribir “HP”, “hdlp”, “cerdo”, “estiércol”, “histérica”, aprende que la política autoriza la bajeza. Una nieta que ve a su abuela participar de ese clima aprende que una mujer puede ser también agente activa de la misoginia de su tiempo. Un joven que ve a un diplomático o a un funcionario tratar así a una activista, entiende que el poder no discute: marca, rebaja, caricaturiza, aplasta. Luego ese mismo joven va a su casa, a su trabajo, a su pareja, a su barrio, y reproduce el método. Así se fabrica la continuidad de la violencia y eventualmente puede, ya lo dijimos, matar a su pareja. Golpearla. Violentarla. Abusar de ella.

Muchas veces me he preguntado “¿qué necesita Cuba?” y desde hace años concluyo que el problema en la isla es este: necesita transformarse desde la raíz. Porque el problema ya no cabe en la explicación económica del embargo/bloqueo ni en la explicación institucional o partidista; o en tal medida que se toma de ahora en adelante. Hay una crisis de lenguaje, de valores, de convivencia, de masculinidad, de trato a la diferencia, de educación sentimental. Basta haber vivido fuera para notar la diferencia: en muchos países de América, Europa o Asia hay límites que no se cruzan así, en público, sin costo social. En esas regiones existen códigos básicos que aquí en Cuba se han ido perdiendo. No hace falta idealizar nada: basta salir de Cuba para ver que en otros países ciertos límites existen y se respetan.

Hay incluso, y lo vemos en esos dos post de Orestes Hernández Hernández a los que hemos hecho referencia, demasiada gente convencida de que su título, su cargo o su fidelidad ideológica les conceden derecho a degradar a otros públicamente. Cuando esa gente, además, ocupa lugares de representación del país, la señal es todavía peor. Lo que nos espera, simplemente no tiene nombre.

Yo no veo a Cuba, y a su clase dirigente, por más que difiera de ella, como una nación segura de sí misma. Veo una estructura resentida, grosera, defensiva, incapaz de sostener una mínima dignidad verbal, donde quienes ejercen los mayores cargos, adolecen de todo lo que se necesita para echar adelante un país: educación, inteligencia, iniciativa, y respeto por la vida de los demás.

La Cuba que salga de esta etapa, si alguna vez sale de verdad, tendrá que desmontar mucho más que un aparato político-ideológico. Tendrá que desarmar este modo de hablar y de mirar al otro; especialmente con el que se disiente. Tendrá que aprender otra vez a discutir sin convertir a la madre en cloaca, a la mujer en objeto de desprecio, al homosexual en insulto, al adversario en animal.

Tendrá que volver a entender que estudiar no basta, que tener un cargo no civiliza, que trabajar en un ministerio no eleva a nadie si el lenguaje sigue saliendo del mismo pozo. Mientras eso no cambie, el problema seguirá intacto, aunque se cambien las consignas, los funcionarios o las banderas.

Queda entonces una pregunta que no es retórica, porque ya no se trata de un perfil cualquiera ni de un exabrupto aislado: ¿qué piensa hacer el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Partido Comunista de Cuba y el propio Miguel Díaz-Canel con funcionarios como Orestes Hernández? Un diplomático como este no habla solo por sí mismo, aunque escriba desde su cuenta personal. Hay un cargo detrás, una representación, una noción de país en juego. Lo que aparece en ese perfil está ahí, dicho, firmado y sostenido en el tiempo.

Quizás nosotros mismos, los simples mortales, a quiénes nos han matado hijas, hermanas y madres, sepamos la respuesta: NADA. Porque “son continuidad”.

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