Mientras el sistema electroenergético nacional acumula su quinta desconexión total en lo que va de 2026, los ciudadanos cubanos enfrentan una odisea cotidiana para acceder a los alimentos más básicos.
Un reciente video difundido en redes sociales retrata con crudeza esa realidad: decenas de personas forman una larga fila en medio de la noche, iluminadas únicamente por la tenue luz de sus teléfonos móviles, con la esperanza de llevar a casa un poco de pollo.
El audiovisual, publicado por la cuenta “Unaguajira de Palmarito” en Facebook, tiene una duración de 30 segundos y lleva por título “Llegó el pollo en mi monte”. En las imágenes se observa el lento avance de los compradores en la oscuridad total, mientras una voz en off narra: “La noche cae, pero en Cuba el día no termina.
A oscuras, bajo el apagón de siempre, una fila interminable se mueve como sombras. No hay luz, pero hay una urgencia que no espera”. El lugar identificado es la localidad de Palmarito, y el contexto no es otro que la salida de servicio de la Unidad 1 de la termoeléctrica Felton, que provocó un nuevo colapso del Sistema Electroenergético Nacional.
Estos cortes prolongados, que en numerosos municipios superan las 20 horas diarias, convierten la aparición de cualquier producto básico en una carrera contrarreloj. Adquirir el alimento es solo el primer desafío; el segundo, igual de incierto, es poder conservarlo o cocinarlo antes de que el suministro eléctrico falle nuevamente.
La compra de pollo se ha vuelto particularmente crítica en los últimos meses. En junio pasado, el régimen cubano emitió la Resolución 150/2026, que eliminó los topes de precios para el pollo troceado. El impacto fue inmediato y brutal para los bolsillos: el producto pasó de costar entre 150 y 250 pesos a venderse en un rango de 3.500 a 6.000 pesos. Esta cifra resulta devastadora si se compara con el salario medio estatal, que apenas ronda los 7.000 pesos mensuales.
Esta escalada de precios se suma a la escasez estructural. Semanas atrás, el propio ministro de la Industria Alimentaria, Alberto López Díaz, admitió públicamente que, en lo que va de 2026, la canasta normada no ha distribuido pollo, un reconocimiento oficial del colapso en la distribución estatal.
Las reacciones en redes sociales reflejan la desesperanza de la población. Entre los comentarios, Aidee Mendoza Reyes planteó una pregunta que muchos se hacen al hacer la cola: “¿El último lo podrá cocinar? No es fácil”, aludiendo a la incertidumbre de tener electricidad para preparar el alimento. Laritza Acosta Viera sentenció con resignación: “No es fácil, y como siempre no alcanzó”. Por su parte, Dayanis González López fue más contundente al calificar la situación como un crimen.
Más allá del pollo, el contexto es el de una crisis energética agravada por la falta de combustible y el deterioro de las infraestructuras. Los apagones no solo complican las tareas diarias, sino que afectan gravemente la conservación de los alimentos en los refrigeradores, aumentando la inseguridad alimentaria y generando altos niveles de estrés y ansiedad en la población.
La inflación, descontrolada tras la eliminación de los topes, ha disparado el costo del arroz, los frijoles y otros productos esenciales, haciendo que resulten inaccesibles para la mayoría.
Ante la falta de medidas efectivas por parte del régimen para estabilizar el suministro eléctrico o contener la subida de precios, los cubanos han desplegado estrategias de supervivencia: cocinar en la madrugada cuando hay luz, acopiar provisiones ante futuros aumentos y utilizar las plataformas digitales para visibilizar ante el mundo las duras condiciones que padecen a diario.
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