“El Necio” traiciona a “AKM” Rodríguez, y legaliza papeles para irse a vivir a México (II)

Los hechos colocan a “El Necio” en un lugar distinto al símbolo que representa.

A diferencia del “Necio” de Silvio Rodríguez, que decidió quedarse en Cuba, este se prepara para salir del país.

En la primera parte de un reportaje anterior sobre los planes que tiene Pedro J. Velázquez, conocido en Cuba como “El Necio”, para irse a trabajar y establecerse en México, explicamos cómo el periodista se encuentra actualmente en la Isla tramitando la legalización de documentos personales, en un proceso que no responde a un viaje puntual sino a un traslado con vocación de permanencia, apoyado además en vínculos laborales previamente construidos fuera del país.

También se abordó su relación con el medio El Ciudadano, donde ya ha publicado varios textos, lo que sugiere que no llegaría a México desde cero, sino con una base ya de inserción profesional en marcha. En ese análisis se revisó además su estilo de escritura, marcado por una fuerte carga retórica, escaso anclaje en lo concreto y un tono más cercano a la consigna que al desarrollo argumentativo.

A partir de aquí, la historia de El Necio da un paso adelante: no se trata solo de su salida de Cuba ni de su aterrizaje en México, sino de cómo intenta posicionarse dentro de esa estructura, las tensiones que ha generado su llegada y el espacio específico que busca ocupar dentro del medio.

Según fuentes cercanas a Velázquez, uno de los elementos más comentados en los intercambios internos con este medio es la disputa por la ubicación. Inicialmente, se le habría propuesto al joven una plaza en Puebla, una de las sedes operativas del medio. Sin embargo, Velázquez habría manifestado su preferencia por instalarse en Ciudad de México, donde se concentra la mayor visibilidad, redes profesionales más amplias y oportunidades de crecimiento.

Ese intento de reubicación dentro de la propia estructura ha sido interpretado por algunos colegas como una maniobra de posicionamiento. Según testimonios recogidos en ese mismo entorno, Velázquez arrastra una reputación complicada incluso antes de concretar su llegada. Se le atribuye una tendencia a criticar abiertamente el trabajo de otros periodistas, a cuestionar la calidad de sus textos y a moverse con una lógica de competencia interna que no siempre es bien recibida. Ese perfil, que dentro de ciertos espacios puede interpretarse como ambición profesional, en otros se traduce en desconfianza. Sin embargo, en el trabajo anterior quedó debidamente explicada “la calidad” de Pedro J. al escribir.

Prueba de ello la pueden dar también en el diario oficialista Granma, donde también hubo al menos un texto suyo que no se publicó por razones editoriales; gesto que a la postre desencadenó una ventilación pública del problema en las redes sociales, en el que Pedro J. acusó a los editores y a la dirección del Granma de censurarlo.

Según una de las fuentes, fue precisamente con una especie de mecenas poderoso que él tiene, y en una especie de mesa de diálogo con otros colegas —presuntamente online— donde habría hecho sus más severas críticas hacia el trabajo de quien o quienes están en el DF, México. Aunque en un principio se pensó que lo hacía para “mejorar el trabajo colectivo”, pronto la suspicacia los hizo creer lo evidente: intentaba desplazar a otros para ocupar ese espacio, más favorable a sus intereses. Dicho en argot cubano, les intentó “serruchar el piso”.

A partir de ahí, las valoraciones recogidas por las fuentes, que dicen haber escuchado comentarios sobre este joven cubano, no son neutras.

No sería la primera vez que “El Necio” intenta reubicarse fuera del periodismo oficialista que se hace en Cuba. De acuerdo con esas mismas fuentes, Velázquez habría aspirado anteriormente a integrarse al equipo de Russia Today en Español en México. Ese movimiento no prosperó. Personas vinculadas a ese proceso aseguran que desde La Habana se emitieron referencias negativas que influyeron en la decisión final de no incorporarlo al equipo, pero se desconoce quién o quiénes habrían sido los que, en argot cubano, le pusieron la mala. Pedro Jorge quizás pueda creer que fue su némesis, Leticia Martínez Hernández; o que incluso pudo haber sido Oliver Zamora Oria, pero otra fuente, esta, cercana a círculos del DOR, afirma que no fue ni uno ni otro, sino “otras personas de más peso”.

“Son gente que incluso lamentan haber obrado para que a ese muchacho se le diera un pasaporte oficial”, dijo desde La Habana, “Amelia”; una fuente a la que protegeremos su identidad.

El episodio, aunque no documentado públicamente, circula como antecedente dentro del gremio. Pero más allá de la operación práctica —papeles, contactos, plazas— hay un elemento que convierte esta historia en algo más que un simple traslado profesional y más bien simbólico: el nombre.

“El Necio” no es una etiqueta casual. Es una apropiación directa de una de las canciones más emblemáticas de Silvio Rodríguez, escrita a inicios de los años noventa, en el momento más crítico del país tras la desaparición de la Unión Soviética y el derrumbe del campo socialista.

Aquella canción fue una respuesta cultural a un contexto de colapso económico, incertidumbre política y presión externa. Mientras el país entraba en el llamado Período Especial, con apagones, escasez extrema y una narrativa internacional que daba por hecho el fin del sistema cubano, Silvio Rodríguez escribió una pieza que funcionó como declaración de principios. El “necio” de la canción es alguien que decide quedarse en el país, que se mantiene firme cuando todo alrededor invita a ceder y que opta por enfrentar la realidad con resiliencia, pero desde dentro.

Con el tiempo, esa canción fue absorbida por el discurso oficial y convertida en símbolo. Ser “necio” pasó a significar lealtad, firmeza ideológica, capacidad de aguante. No era solo una canción que se escuchaba; era una identidad que se asumía. En ese marco, que un periodista oficialista como Pedro J. adoptara ese nombre implica colocarse explícitamente en esa tradición.

Con ese antecedente, uno esperaría que Velázquez permaneciese en la isla resistiendo a pie de cañón todas las vicisitudes que enfrenta la población cubana de a pie, y no que aspirara a mover fichas para irse a vivir fuera, ya sea en clave migratoria o laboral.

Que haya asumido y se haya asumido con ese nombre de El Necio y que quiera moverse fuera del país, debería entenderse también como un desplazamiento simbólico; del símbolo en sí mismo. El mismo nombre que lo define remite a la permanencia, y sin embargo lo que está en curso es un proceso de salida.

Pedro J. no será ni el primero ni el último en hacerlo. La historia reciente de Cuba está llena de figuras dentro del periodismo oficialista que defendieron determinadas posiciones dentro del país y luego optaron por desarrollar su vida fuera de él. Los hay de posiciones muy frontales como Yunior Smith, y otros cuyos nombres no puedo precisar con exactitud, y también los hay que se integraban como “pelotón”.

Varios de esos nombres quedaron expuestos en un trabajo que publicamos titulado “Crece la lista de periodistas cubanos que “traicionaron la gloria que se ha vivido”, y el nombre más reciente que se recuerda es el de Elizabeth Borrego, quien no regresó a Cuba y se quedó en Estados Unidos, provocando desconcierto —aunque también alegría— en su natal Sancti Spíritus.

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Curiosamente, Pedro J. y Borrego son hijos de la misma tierra, aunque lo singular en su caso es la coincidencia entre el símbolo adoptado y la dirección tomada; a contrapelo del cargo de mayor rango que ostentaba su coterránea.

Las fuentes coinciden en que Velázquez cuenta con condiciones que facilitan ese tránsito. Dispone de documentación que le permite viajar con relativa libertad, algo que no es común en todos los casos. Eso no implica necesariamente privilegio formal, pero sí una posición menos restrictiva dentro del sistema de movilidad cubano. En paralelo, la existencia de una plataforma de trabajo ya activa en el exterior reduce el riesgo asociado a la salida: no se trata de llegar a probar suerte, sino de insertarse en un espacio previamente trabajado.

Hasta el momento, Velázquez no ha hecho pública ninguna declaración sobre estos movimientos. No ha anunciado una salida definitiva ni ha explicado el alcance de sus trámites. Sin embargo, su actividad reciente —tanto en términos de publicaciones fuera de Cuba como en la gestión de documentos internos— dibuja una trayectoria coherente con un traslado en curso.

En los años noventa, cuando la canción de Silvio Rodríguez circulaba como respuesta a un momento de derrumbe, la figura de “El Necio” servía para sostener una idea: quedarse cuando parecía que todo se venía abajo. Tres décadas después, en un país que atraviesa otra crisis prolongada y más profunda que aquella—con apagones, inflación, migración masiva y desgaste institucional—, ese mismo concepto vuelve a aparecer, pero ya no como consigna homogénea, sino como referencia tensionada por la realidad.

Velázquez adoptó ese nombre y construyó parte de su identidad pública alrededor de él. Hoy, mientras legaliza papeles y organiza su salida, ese nombre queda expuesto a una lectura distinta.

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