Un incidente frente a una mipyme en Camagüey volvió a retratar una de las contradicciones más profundas de la Cuba actual: mientras el régimen permite determinados negocios privados como válvula de escape ante su propia incapacidad económica, todavía aparecen individuos dispuestos a vigilar, intimidar y cuestionar a quien simplemente intenta mostrar los precios que enfrentan los cubanos.
El episodio fue comentado por el influencer Alexander Otaola en el vespertino Hola! Ota-Ola, que transmitimos desde Cubanos por el Mundo, a partir de un video grabado frente a un establecimiento que comercializa varios productos.

El hombre que realiza la grabación comienza mostrando el negocio y hablando de sus precios. Pero rápidamente aparece otro joven que cuestiona lo que hace y sostiene que grabar es “ilegal”.
“¿Qué es lo que es ilegal?”, responde el cubano que sostiene el teléfono.
El intercambio sube de tono cuando el joven se identifica políticamente como “revolucionario” y asegura que puede llamar a varias personas. La respuesta del hombre resulta desafiante: “Llámala, llámala”.
Una mipyme en Camagüey y la orden de vigilar al vecino
Para Otaola, la escena va mucho más allá de una discusión callejera. El influencer identifica al joven como un presunto “seguroso”, término utilizado popularmente para referirse a personas relacionadas con la Seguridad del Estado.
Lo revelador es otra cosa: que alguien considere necesario impedir que un ciudadano documente los precios de una mipyme en Camagüey y apele inmediatamente a su condición de “revolucionario” y a supuestos contactos con el aparato represor.
Es el reflejo de una sociedad donde durante décadas el Partido Comunista convirtió la vigilancia del vecino en una supuesta virtud política, apoyados en los llamados Comité de Defensa de la Revolución (CDR), creados por el dictador Fidel Castro.
Otaola relacionó esa conducta con otra pregunta todavía incómoda cinco años después: ¿qué hizo cada cual durante las protestas del 11J?
“Todos estaban en la calle el 11 de julio”, recordó el presentador, señalando que no basta decir que alguien “salió” aquel día. Unos ciudadanos salieron a exigir libertad, mientras policías, militares y partidarios del régimen fueron movilizados para enfrentar las manifestaciones.
El 11J y los jóvenes utilizados para reprimir
Las imágenes del 11 de julio de 2021 demostraron que la juventud no fue patrimonio exclusivo de quienes protestaban. Entre quienes integraron cordones oficialistas y fuerzas desplegadas contra las manifestaciones también hubo jóvenes.
De ahí el cuestionamiento planteado por Otaola: cuando alguien asegura que estuvo en las calles durante el 11J, la verdadera pregunta debería ser de qué lado estuvo.

El incidente de la mipyme en Camagüey revive precisamente aquella división entre el ciudadano que cuestiona una realidad asfixiante y quien asume como misión defender el sistema que la produjo.
Pero Otaola introdujo además otro elemento polémico: el rechazo hacia la prosperidad.
El comunismo y la sospecha contra quien prospera
El hombre que filma señala que el establecimiento comenzó vendiendo poco y que ahora tiene numerosos productos y clientes. Otaola advierte que muchas mipymes pueden estar relacionadas con personas privilegiadas o conectadas con el poder, pero rechaza convertir automáticamente la prosperidad individual en algo condenable.
“Tenemos que aprender como comunidad que el ser próspero no te hace una persona mala”, afirmó.
Ese punto toca una de las heridas culturales dejadas por más de seis décadas de comunismo: presentar durante años la acumulación de riqueza, la iniciativa privada y el éxito económico como comportamientos moralmente sospechosos, mientras una élite vinculada al poder disfruta privilegios inaccesibles para la mayoría.
Por eso, más allá de quién sea el propietario de esta mipyme en Camagüey, el video deja dos preguntas esenciales: ¿por qué un ciudadano no podría mostrar públicamente sus precios y por qué otro cubano siente que declararse “revolucionario” le concede autoridad para impedírselo?
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La escena dura apenas unos minutos. Pero reproduce, en miniatura, un problema enorme: un país donde el comunismo no solamente destruyó la economía, sino que durante décadas enseñó a demasiados cubanos a vigilar al vecino en lugar de cuestionar al poder.