Hay funcionarios que uno escucha una vez y olvida. Y hay otros que, sin proponérselo, terminan convertidos en archivo viviente del descaro oficial. Johana Tablada pertenece a esa segunda categoría.
Cada vez que esta mujer se asoma para explicar una crisis, matizar una mentira o vestir de doctrina un papelón, ya sea en los escasos medios que le dan voz, ya sea en redes sociales, deja la sensación de que en el aparato diplomático cubano no se premia la precisión o el tino diplomático, sino la capacidad de decir hoy una cosa y mañana la contraria sin que se le mueva una pestaña. O sea: se premia al que tenga la faccia tosta. Y mientras más duro tenga esa jeta, mejor.
La confirmación hecha por Miguel Díaz-Canel de que La Habana sí mantiene conversaciones con Washington, vuelve a colocar a esta perdularia, en ese escaparate ingrato donde ya ha estado antes: el de los voceros que hablan con una seguridad de hierro justo antes de que la realidad les pase por arriba. El de los voceros que tienen la cara de concreto. Los que no tienen una pizca de vergüenza.
Díaz-Canel reconoció el viernes 13 de marzo —¡vaya día para reconocerlo!—que funcionarios cubanos han sostenido conversaciones con representantes del gobierno de Estados Unidos y que esos intercambios buscan “soluciones” a las diferencias bilaterales. El propio diario español El País subrayó que, antes de esa admisión, la parte cubana había guardado silencio e incluso negó por momentos que hubiese negociación alguna. Reuters, por su parte, recogió ese mismo día que la Casa Blanca reiteraba que Trump había dicho que Estados Unidos estaba hablando con Cuba. O sea: lo que el poder cubano presentó primero como especulación terminó siendo una realidad admitida desde la cima.
En ese contexto, dos figuras claves dentro del MINREX quedaron con sus tapas expuestas al aire: Johana Tablada y Carlos Fernández “Descosío”.
Ambos quedaron mal no por lo que dijeron, sino por el papel que desempeñan: ambos son dos de las caras más visibles del relato oficial sobre Estados Unidos.
Tengamos en cuenta estos ejemplos. En abril de 2024, Reuters la citó defendiendo las conversaciones migratorias como uno de los pocos puntos de contacto entre ambos países, pero al mismo tiempo cargando todo el peso de la crisis sobre las sanciones de Washington. Más recientemente, distintas publicaciones recogieron la línea oficial de que no existía un “diálogo establecido” con Estados Unidos. Ella —y el Descosío— han sido dentro de la Cancillería, los que más empapados han estado en cuanto a EE.UU. se trata. Ese ha sido, desde hace años, el terreno donde Tablada y compañía llevan años moviéndose. Sin embargo, ahora, mientras decían que no, el régimen por debajo de la mesa intentaba administrar el lenguaje y esconder el hecho político de fondo: sí había mensajes, sí había intercambios y sí había contactos en niveles altos. Es decir: dejaron que sacaran su culo al aire y los expusieran a los perdigones.
Pero lo más interesante de Johana Tablada no es este episodio aislado, que a fin de cuentas a ella poco lo interesa. Si le interesase, si tuviera vergüenza, al menos publicaba un tuit; porque aspirar a que recoja sus maletas y se marche de México, donde se desempeña como diplomática, es aspirar y querer mucho de este mequetefre.
Lo interesante es su reincidencia; a quedar una y otra vez como un monigote mentiroso.
En mayo de 2019, en plena controversia por el papel de Cuba en Venezuela, Tablada afirmó públicamente que “no hay tropas cubanas en Venezuela” y que no se podían retirar tropas “inexistentes”. Luego lo repitió. Y donde quiera que le preguntaron por lo mismo, lo reafirmó.
Esa negación fue parte de la línea oficial sostenida durante años. Luego, en enero de 2026, el propio régimen cubano confirmó que 32 cubanos —miembros de las FAR y del Minint— murieron en Venezuela durante la operación estadounidense contra Nicolás Maduro.
Tablada, que ahora mismo podría estar cantando en la ducha aquel hit de Julio Iglesias que decía “tropecé de nuevo y con la misma piedra” es simple,mente, y tenemos que entenderlo así, un personaje útil para entender la diplomacia cubana de estos años: no actúa como una diplomática obligada a proteger matices delicados, sino como una ejecutora del libreto del momento. Cuando conviene negar, niega. Cuando conviene reformular, reformula. Cuando conviene hablar de respeto, soberanía y diálogo serio, ahí aparece. Cuando hay que quitarse una chancleta y ser soez, lo es. Y cuando la dirección política cambia el ángulo, ella cambia con ella. No es que se equivoque una vez. Es que encarna un método: convertir la desmemoria oficial en una política de comunicación.
Por eso el apodo le cae mejor que cualquier cargo. “Cara de concreto”. O “Cara de Tabla”, si es que quisiéramos hacer un rejuego con su apellido. Ella no describe una grosería, sino una técnica. Y reconozcámoslo: tiene la técnica aprendida a la perfección. Parafraseando a Tony Dize… “tiene un gran conocimiento, ella más que eso tiene un doctorado…”
Hace falta una resistencia especial en esa carátula, para reaparecer una y otra vez después de afirmaciones que envejecen tan mal, y soportar una y otra soplana gubernamental. Una persona con sentido del ridículo se retira un tiempo, baja perfil, deja que la contradicción enfríe. En el caso de Tablada ocurre lo contrario: mientras más visible queda el desmentido, más se confirma que en ese sistema la vergüenza no es un requisito profesional. El requisito real es otro: soportar la hemeroteca sin pedir disculpas.
Lo de ahora, además, tiene un matiz especialmente cómico. Porque no estamos hablando de un tecnicismo menor ni de una frase sacada de contexto. Estamos hablando de conversaciones con Estados Unidos, el tema sagrado por excelencia en la liturgia del régimen. Si en un asunto así terminan diciendo hoy lo que ayer negaban o rebajaban, entonces el problema ya no es solo la credibilidad de un funcionario concreto. El problema es que el aparato entero funciona a base de reflejos propagandísticos, no de información verificable. Y Tablada, otra vez, aparece como una de sus intérpretes más disciplinadas.
De modo que sí: otra vez estatuniña quedó con las nalgas al aire y los blumes tendidos en la tendedera. No porque la haya traicionado un detalle, sino porque volvió a quedar atrapada en el viejo mecanismo del castrismo tardío: negar, aguantar, retorcer el lenguaje y admitir después, cuando ya no quede más remedio. En 2019 fue Venezuela. En 2026, el diálogo con Washington. La escena cambia, el método no. Y en ese teatro de negaciones recicladas, Johana Tablada sigue demostrando que hay carreras que no se construyen sobre la verdad, sino sobre la capacidad de sobrevivir a sus desmentidos.