Hay una imagen que resume mejor que cualquier ensayo filosófico la crisis moral de la izquierda occidental: la misma persona que este fin de semana salió a las calles de Estados Unidos gritando en la marcha de “No Kings” —no a los reyes— lleva años aplaudiendo a Nicolás Maduro, vitoreando la dictadura castrista y pidiendo libertad para quienes han convertido el poder en herencia familiar y el Estado en instrumento de represión.
No es contradicción. Es un sistema de creencias perfectamente coherente, aunque profundamente perverso.
El rey que eligieron millones
Donald Trump llegó a la Casa Blanca por segunda vez con decenas de millones de votos. Ganó en las urnas, con observadores, con recuento, con todo el peso del sistema democrático más escrutado del mundo. Se puede estar en desacuerdo con sus políticas. Se puede criticar su estilo. Eso es exactamente lo que hace la democracia: permite el disenso, la protesta, la oposición organizada.
Pero llamarle rey a un presidente electo, mientras se guarda silencio cómplice ante 67 años de dictadura castrista en Cuba, más de 1000 presos políticos, destierro forzado, represión, asesinatos y censura; no es activismo. Es farsa.
Es teatro político con tramoya ideológica.
El actor y el dictador: el rostro de la hipocresía
Pero esta vez la farsa tuvo rostro, nombre y apellido.
Robert De Niro, el célebre actor de Hollywood, se convirtió en uno de los líderes visibles de la manifestación “Not Kings” contra Donald Trump. Sus palabras sonaron encendidas. Su pose, combativa.

Su mensaje, aparentemente democrático.
Sin embargo, hay algo que De Niro prefiere no mencionar cuando se planta frente a las cámaras a defender la libertad: su amistad pública y documentada con Miguel Díaz-Canel, el dictador cubano que hoy tiene sobre su conciencia a miles de presos políticos, hombres y mujeres que no hicieron otra cosa que salir a las calles de Cuba a pedir, pacíficamente, lo mismo que De Niro dice defender en las calles de Estados Unidos.
Díaz-Canel no es un líder incómodo ni un gobernante cuestionable. Es el responsable directo de la represión más brutal que ha vivido Cuba en décadas. Tras el levantamiento popular del 11 de julio de 2021, su régimen encarceló a más de 1.000 cubanos. Madres de familia. Adolescentes. Artistas. Periodistas. Muchos de ellos siguen hoy pudriéndose en prisiones donde se documentan torturas, aislamiento y tratos degradantes. Todo eso con la firma política de Díaz-Canel.
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Y Robert De Niro lo abraza. Lo frecuenta. Lo legitima.
Que ese mismo hombre lidere una marcha contra la “tiranía” de un presidente elegido democráticamente no es solamente hipocresía. Es una bofetada a cada preso político cubano. Es escupir sobre el sacrificio de cada familia que perdió a un hijo en las mazmorras del castrismo.
Las banderas que lo dicen todo
Si quedaba alguna duda sobre la naturaleza ideológica de estas marchas, las imágenes lo resolvieron sin necesidad de palabras.
Entre las multitudes que recorrieron las calles de ciudades de todo Estados Unidos, ondearon con orgullo banderas e insignias comunistas. La hoz y el martillo flameando en el país que durante décadas fue el principal bastión de resistencia contra esa misma ideología. Símbolos de un sistema político que, sin excepción histórica, sin un solo caso en contrario, termina siempre en el mismo lugar: la dictadura, el partido único, la cárcel para el disidente y el silencio impuesto a sangre y fuego.
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No es un detalle menor. Es la confesión involuntaria de un movimiento que dice marchar por la democracia mientras enarbola los símbolos de su destrucción.
El comunismo no es una idea romántica de universitarios inquietos. Es una ideología con un historial escrito en sangre. Más de 100 millones de muertos a lo largo del siglo XX, según los registros históricos más documentados y conservadores. El Gulag soviético. El Holodomor ucraniano. Los campos de Mao. Las fosas de Camboya. El paredón de fusilamiento cubano. La oscuridad de Corea del Norte. Cada capítulo, una demostración de que esa bandera que hoy agitan en las calles de América no representa la liberación de ningún pueblo. Representa su condena.
Y la están agitando en el mismo país al que millones de cubanos, venezolanos, nicaragüenses y chinos arriesgaron su vida para llegar huyendo exactamente de eso.
El tirano al que llaman compañero
Cuba no ha celebrado una elección libre en más de seis décadas. No existe prensa independiente. No existe oposición legal. Los que se atreven a protestar terminan en prisión con condenas de hasta 25 años, o desaparecen en el silencio burocrático del régimen. Las cárceles cubanas están llenas de poetas, raperos, madres y adolescentes cuyo único delito fue pedir libertad.
¿Dónde estaban los marchantes del “No Kings” cuando el régimen castrista encarceló a más de 1.000 cubanos tras el mayor estallido popular de la isla en décadas? ¿Dónde estaban cuando Maduro robó las elecciones en Venezuela a plena luz del día, con actas en la mano que nunca mostró?
Estaban callados. O peor: justificando.
Llueve sobre mojado
No es la primera vez. La izquierda occidental lleva décadas perfeccionando este doble rasero. Marchan por los derechos humanos en los países donde esos derechos están garantizados, y voltean la cara cuando se violan en los países que comparten su bandera ideológica. Defienden la libertad de expresión hasta que alguien dice algo que no les gusta. Defienden las elecciones hasta que las pierden.
Lo de este fin de semana en las calles de Estados Unidos no es novedad. Es agua cayendo sobre piedra ya empapada. Es la enésima demostración de que para cierta izquierda, el problema nunca ha sido la tiranía en sí misma. El problema es de quién es la tiranía.
Si es de los suyos, se llama revolución.
Si es del adversario, se llama fascismo.
El juicio que viene
La historia no es misericordiosa con los cómplices. No lo fue con los intelectuales europeos que miraron hacia otro lado ante el estalinismo. No lo fue con quienes romantizaron a Mao mientras millones morían de hambre. Y no lo será con quienes hoy salen a marchar contra un presidente electo democráticamente mientras estrechan la mano del hombre que firma las órdenes de encarcelamiento de madres cubanas, y mientras sus compañeros de marcha agitan la bandera de la ideología más mortífera del siglo pasado.
Robert De Niro puede ganar todos los Óscar del mundo. Pero ninguna estatuilla borra la foto junto al dictador. Ningún discurso en una marcha lava la complicidad con quien viola sistemáticamente los derechos humanos del pueblo cubano.
El pueblo cubano lleva 67 años pagando el precio de esa complicidad.
El pueblo venezolano lleva más de dos décadas hundiéndose bajo el mismo peso.
Y los más de 100 millones de muertos del comunismo llevan décadas esperando que alguien que agita esa bandera tenga la honestidad de mirarlos a los ojos.
Una pregunta final
Si de verdad les preocupa la tiranía, si de verdad les duele la concentración del poder, si de verdad creen que ningún hombre debe gobernar sin el consentimiento de su pueblo… entonces que den un paso al frente y digan en voz alta lo que no se atreven a decir:
Que Cuba es una dictadura.
Que Maduro es un dictador.
Que Díaz-Canel es un violador de los derechos humanos.
Que el comunismo ha matado a más de 100 millones de personas.
Que 67 años sin libertad es un crimen contra la humanidad.
Hasta que lo digan, sus marchas no son más que espejo de su propia hipocresía.
Y el pueblo que sufre lo sabe.