#OPINIÓN Médicos encadenados

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Pueden que hayan sido dos jóvenes doctoras, entrevistadas en Costa Rica y parte de la riada humana en camino a EEUU, quienes dieron el aldabonazo. Una de ellas, especialista joven, se declaró de “rendimiento excepcional”, como si tal excepcionalidad académica la eximiera de cumplir determinados deberes con quienes pagaron por su carrera y especialidad. Rendimiento excepcional y Plan Talento significa que los médicos pueden hacer una especialidad directamente, es decir, una vez graduados, pasar a ser residentes y tras unos pocos años, especialistas en una rama médica.

No tenemos idea de cuántos galenos y técnicos de la salud están entre esos cubanos varados en Centroamérica, pero pueden ser muchos y podrían haber sido muchos más si el Gobierno cubano, “casualmente”, no publica el 30 de noviembre una declaración donde recicla el Decreto 306 que regula las salidas temporales para asuntos personales de profesionales y técnicos de la salud.

En honor a la verdad, debemos recordar que tal decreto no es una regulación nueva. Ya existió algo parecido hace años y ocasionó importantes e innecesarios sufrimientos a médicos y técnicos de la salud cubanos. En aquellos tiempos una ordenanza que muy pocos pudieron ver, y menos discutir, mantuvo separadas a familias y a médicos y técnicos casi siempre por más de cinco años.

Eran los días del incremento de la colaboración médica en el exterior, sobre todo en Venezuela con la Misión Barrio Adentro. Para que el régimen mantuviera allí miles de médicos y técnicos, se bloqueó la salida de cientos de trabajadores de la salud. Muchos habían sido reclamados por sus familiares en EEUU o habían ganado el sorteo de visas de la Oficina de Intereses.

Pasaban los años, se cumplía el tiempo, parte de la familia debía emigrar y en Cuba quedaba el profesional de la salud con todas las consecuencias que ello traía. La respuesta de los funcionarios siempre fue  la misma, dicha sin una gota de compasión: el Ministro no ha firmado su liberación. Liberación, nunca mejor palabra. Pero aquel sacrificio ajeno no bastó para que cientos, tal vez miles de médicos y técnicos de esas misiones en Venezuela, Brasil, Ecuador y Bolivia no fueran, ellos mismos, emigrantes; o mejor y como los llama el régimen, “desertores”. Nunca mejor venganza: desertar.

En aras de balancear las cosas, es necesario decir que si usted vive en La Habana o Santiago de Cuba y lleva a su hijo a la emergencia de un hospital y no hay un cardiólogo, un cirujano infantil o un intensivista que le salve la vida a la criatura, usted puede estar muy de acuerdo con la regulación del Gobierno cubano. La carrera de Medicina es una de las más caras en cualquier parte del mundo. Una especialidad médica aumenta en varios miles la deuda contraída y se necesitan años para adquirir la maestría necesaria para lidiar con una grave enfermedad cardiaca, un quirófano complicado o un ser humano acoplado a máquinas de asistencia vital. Es una deuda que debe pagarse. Pero no es una deuda eterna ni un cheque en blanco al prestamista. Antes de recibir la primera conferencia de Anatomía o Fisiología, los futuros galenos deben saber cuánto y cómo devolver la inversión en sus estudios y prácticas. Es lo justo. Es, ni más ni menos, una muestra de seriedad y ética ciudadana.

El dilema histórico de los médicos y los técnicos cubanos es que casi nunca las cosas quedan claras para ellos, y muy pocas veces las cosas están a su favor. Eso sucede con las llamadas misiones internacionalistas, las asignaciones de automóviles y viviendas, la ubicación laboral una vez concluido el servicio social. Funciona más o menos así: se emite un decreto y son los funcionarios quienes deciden cuándo, cómo y dónde se cumple la letra. Un decreto, por cierto, no es una ley pues no ha sido refrendado por los destinatarios o sus representantes.

Es aquí donde el juramento hipocrático hace aguas. El juramentado depende de la voluntad del gris funcionario, de los compromisos políticos del Gobierno, del ego de quienes usan el poder para convertir las mochilas con medicamentos en cajas de balas. El encadenado hipocrático se debate en un conflicto ético, moral: siente tener derecho zafarse de las cadenas y al mismo tiempo, se duele al abandonar el deber al cual se ha consagrado.

Sucede que la medicina, como el deporte, no soporta politizaciones. La medicina no puede ser un negocio como tampoco un arma política porque pierde su esencia; quienes así la practican, se envilecen al punto de hacer daño en vez de curar. Los seres humanos son nacidos con una libertad intrínseca para tomar decisiones sobre sus vidas. Ese derecho no lo da ningún gobierno, y mucho menos el funcionario de turno. Nada ni nadie puede violar ese principio sin pagar algún día por las consecuencias de tal desatino.

De ese modo, es responsabilidad del Gobierno procurar a su patrimonio profesional y técnico tomar decisiones responsables y libres de toda presión política, ideológica e incluso económica pues cuando quienes velan por la salud están confundidos, cansados y mal pagados, sus servicios son, igualmente, lamentables. También los médicos tienen el compromiso de velar porque el niño, el anciano o la mujer embarazada sean asistidos con sus dolencias sin excusas de ningún tipo. En pago, ni jaba de viandas, ni litros de gasolina ni reservación en la playa. A los médicos y los técnicos de la salud, solo respeto a su dignidad y el derecho, humano e inapelable, de emigrar una vez cumplidas las obligaciones con la sociedad.

Fuente: Diario de Cuba 

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