La historia de Rudy Blanco, un cubano que llegó a los Estados Unidos cuando era niño en el éxodo del Mariel en 1980, es digna de una película dramática.
Este hombre, que prácticamente creció en territorio estadounidense, estuvo a punto de ser enviado a Cuba, lugar en el que a pesar de haber nacido, no conoce a nadie.
Su historia se remonta a los años 1997, cuando fue capturado por la policía de Florida consumiendo droga, razón por la que fue puesto bajo arresto pero luego fue liberado bajo fianza.
Sin embargo pudo hacer su vida, se casó con Shelly y tuvieron dos hijos. En el 2005, un juez del Servicio de Inmigración dispuso su deportación, en momentos en que tramitaba la ciudadanía, pero esta no fue concretada ya que en aquél entonces, Washington y La Habana no gozaban de las mejores relaciones, se le permitió quedarse en territorio estadounidense.
Pero todo cambió cuando el presidente Donald Trump empezó a cumplir su promesa de combatir de manera implacable la inmigración ilegal. El 9 de mayo, tras una visita de rutina a las oficinas del ICE, siglas en inglés del servicio de inmigración, lo encerraron en la prisión de Wakulla, donde permaneció 83 días.
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A principios del mes pasado, se le dijo que sería trasladado, pero los guardias no le dijeron adónde. Blanco estaba convencido de que lo enviarían de vuelta a Cuba.
“¿Qué voy a hacer en Cuba?”, se preguntaba. “¿Qué me va a pasar? No conozco a nadie allí. Sabía que me las iba a arreglar de algún modo, pero no soportaba la idea de llevar a mi familia conmigo”.
El 2 de agosto fue trasladado a las oficinas del ICE en Tallahassee, no al aeropuerto. Se le dijo que se estaba reconsiderando su caso y que el ICE estaba dispuesto a colocarle una tobillera electrónica y dejarlo ir.
“Cuando salí de la oficina del ICE, sentí que tocaba el cielo”, relató a la agencia de noticias AFP. “Después de ver nacer a mis hijos y de casarme con mi mujer, fue el día más feliz de mi vida”.
Su esposa y su hijo Noah habían ido a recogerlo. Conversó vía Facetime con su hija Hannah, que se aprestaba a viajar desde Seattle.
“Nadie podía hablar”, cuenta Hannah. “Lloré todo el tiempo”.
El 22 de agosto, la tobillera de Blanco comenzó a sonar cuando se dirigía con su hijo a un trabajo. “Llame a la oficina. Llame a la oficina”, repetía el aparato. Un empleado de ICE le dijo que tenía que completar cierto papeleo.
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Al llegar allí, “me dijeron, ‘lamentamos que tenga que pasar por esto. Va a ser deportado en los próximos tres o cuatro días'”, recordó.
“No entendíamos nada. ¿Me van a mandar de vuelta realmente?”, agregó.
Al día siguiente lo llevaron a Krome. Sabía que lo enviarían a Cuba y que jamás podría volver.
En Tallahassee, sus abogados Gisela Rodríguez y Alex Morris se movilizaron. Rodríguez pidió al ICE que dejasen en suspenso la deportación. Morris trató de anular su vieja condena. Otro abogado ya lo había intentado, sin éxito. Y un nuevo juez rechazó la solicitud sin programar siquiera una vista.
Morris adujo que los anteriores abogados de Blanco lo habían asesorado mal y habían cometido una serie de errores, incluido el hecho de que no le informaron que si se declaraba culpable se expondría a ser deportado.
“No concibo que nuestra sociedad considere ‘decente’ deportar a alguien en base al desempeño deficiente de sus consejeros. No vinieron a este país por voluntad propia, no conocen a nadie en el país al que están siendo enviados, toda su familia y su vida está en este país y en el país al que son devueltos son sometidos a persecución, detenidos, torturas y la muerte”, escribió Morris en su presentación.
Tras una vista el lunes en un juzgado de Monroe, el juez principal Mark Jones decidió anular la condena. El mismo día el ICE aplazó por 30 días la deportación. El martes, finalmente, el juez Jones firmó la orden. Pero Blanco no se enteró de inmediato. Ese mismo día, lo llamó un guardia.
“Me dijo, ’empaca tus cosas, te vas'”, contó Blanco. “Me tomaron una muestra de sangre y dicen que cuando te toman esa muestra, quiere decir que te vas de allí”.
Esa noche lo liberaron y Blanco se reunió con su esposa y su hija, que habían viajado a Miami. Comieron en el restaurante cubano La Carreta y se encaminaron a su casa.
Su caso en el servicio de inmigración no está del todo cerrado, pero el Departamento de Seguridad Nacional le dijo a Rodríguez que no se opone a que se reconsidere su situación en un tribunal de inmigración, donde la abogada solicitará que se cierre el caso por razones constitucionales.
“Tengo esperanzas, porque ya no tiene el antecedente penal”, señaló Rodríguez. “Podremos devolverle el status que tenía antes y completar el trámite de la ciudadanía”.
Blanco apoyó a Trump en las elecciones, pero dice que no sabe por quién votará si ya es ciudadano para el 2020. Él y su esposa dicen que quieren ayudar a otros como él.
“Hay que desacelerar el sistema. Tienen que tomarse su tiempo y analizar detenidamente cada caso”, declaró Blanco. “Hoy por hoy, tienen tantas cosas entre manos, que es imposible que revisen bien todos esos casos”.
Redacción Cubanos por el Mundo / Con información de AFP