El trovador necrológico Raúl Torres ataca al sacerdote Alberto Reyes y lo hace respondiendo a esa misión del aparato ideológico castrista: desacreditar a quienes se atreven a denunciar la realidad de Cuba.
En una extensa e hipócrita carta dirigida al papa León XIV, Torres acusa al religioso de promover el odio y la violencia. Incluso afirma que el cura camagüeyano “ha soltado el incienso para empuñar la tea” y que “no anuncia el Reino: anuncia la venganza”.

Sin embargo, la realidad cubana contradice por completo ese relato.
Durante años, Alberto Reyes ha denunciado la pobreza creciente, el éxodo masivo, la desesperanza de los jóvenes y la falta de libertades en la Isla. Lo ha hecho mediante reflexiones públicas, homilías y textos donde cuestiona las causas profundas del sufrimiento de millones de cubanos.
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Resulta llamativo que Torres, genuflexo y guataca hasta los tuétanos, presente esas denuncias como una amenaza mientras guarda silencio ante los apagones interminables, los hospitales en ruinas, los salarios de miseria, los presos políticos y la emigración récord que ha vaciado pueblos enteros.
Cuando denunciar la miseria se convierte en un “pecado” político
Uno de los fragmentos más agresivos donde Raúl Torres ataca al sacerdote Alberto Reyes aparece cuando el juglar asegura que las palabras del clérigo “no construyen puentes: cavan fosas” y que el sacerdote “alienta a la muerte”.
La acusación es particularmente grave porque intenta presentar como promotor de violencia a un hombre cuya labor pastoral ha estado centrada precisamente en acompañar a personas golpeadas por el comunismo, responsable del sufrimiento de todo un pueblo.
Si algo caracteriza los escritos de Alberto Reyes es la denuncia del sufrimiento humano provocado por décadas de fracaso económico y político.
Mientras Torres habla de “semillas de paz”, miles de familias cubanas enfrentan apagones diarios, escasez de alimentos, falta de medicamentos y una inflación que pulveriza cualquier salario.
¿Quién genera más desesperación: el sacerdote que denuncia esa realidad o quienes llevan más de seis décadas justificándola?
El propio Torres escribe que Reyes “confunde el grito del oprimido con el aullido del lobo”. Sin embargo, muchos cubanos podrían responder que el verdadero grito del oprimido es precisamente el que el sacerdote ha decidido escuchar y expresar públicamente.
Raúl Torres ataca al sacerdote Alberto Reyes y sus palabras no giran realmente alrededor de la teología ni de la fe. Llevan la firma de un peón de la tiranía que no denuncia el desastre nacional ni a sus responsables.
El historial de Raúl Torres y la credibilidad de sus acusaciones
La credibilidad de este ataque contra Alberto Reyes también queda marcada por la trayectoria política de su autor.
Raúl Torres ha sido durante años uno de los artistas más cercanos al discurso oficial del régimen cubano. Defendió y defiende públicamente la llamada “revolución”, respaldó campañas propagandísticas del régimen y se convirtió en uno de los rostros culturales del castrismo.
Muchos recuerdan su canción “Patria o Muerte por la Vida”, creada como respuesta al fenómeno de “Patria y Vida”, un himno que logró conectar con el sentimiento de cambio de millones de cubanos.
La de “Patria o Muerte”, rompió el récord de dislike en YouTube, como lo confirma un video que publicamos desde Cubanos por el Mundo.
También apoyó públicamente al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y firmó iniciativas que respaldaban la narrativa oficial de Caracas frente a las denuncias de fraude electoral.
Por eso resulta muy difícil aceptar sus lecciones sobre libertad, reconciliación o justicia.
Pero los cuestionamientos a Raúl Torres no nacen únicamente de viejas historias del ambiente artístico o político.
Su actual esposa era menor de edad cuando él, ya adulto, inició la relación. Además, cuando el trovador Fernando Bécquer fue señalado públicamente por varias mujeres por presuntos abusos sexuales, Torres no se colocó del lado de las denunciantes ni pidió esclarecer los hechos.
Por el contrario, salió en defensa de su amigo, calificó las acusaciones de “falacias y patrañas manipuladoras” y prefirió disparar contra quienes denunciaban antes que exigir transparencia sobre los señalamientos.
Cuando Torres escribe que habla desde “el amor” y desde la preocupación por el pueblo cubano, muchos ciudadanos recuerdan que rara vez se le ha escuchado cuestionar a quienes han conducido a Cuba a su peor crisis en décadas.

Mientras el trovador de los himnos post mortem a Fidel Castro y Hugo Chávez acusa al sacerdote de dividir, Alberto Reyes continúa señalando problemas que afectan diariamente a la población.
Y ahí radica la razón principal de por qué Raúl Torres ataca al sacerdote Alberto Reyes. No porque el sacerdote promueva la violencia. No porque predique el odio. Sino porque se ha convertido en una voz incómoda para quienes todavía pretenden que los cubanos callen, obedezcan y acepten como normal una realidad que cada día resulta más difícil de justificar.