Mientras los altos funcionarios del régimen castrista intentaban vender una version falsa de la crisis del agua que azota a la capital, cientos de habaneros rompieron el silencio impuesto por la censura oficial y desnudaron la verdad que la dictadura se empeña en ocultar, y es que el suministro de agua es un lujo que la mayoría ya no puede garantizar, y el descontento hierve en cada barrio.
En una conferencia de prensa convocada por Aguas de La Habana, el director general Yosvany Rubi Bazail y su subalterno Abel Fernández Díaz soltaron cifras maquilladas para intentar calmar a la población. Según su versión, apenas 200.000 habaneros, un falso 11% de la población, sufre “algún tipo de afectación”. Pero los propios funcionarios se delataron al admitir que prácticamente todos los municipios, excepto Plaza, Marianao y Centro Habana, padecen cortes, ciclos prolongados o falta total del servicio.
La reacción de la ciudadanía no se hizo esperar, pues en los comentarios de la publicación en la prensa oficialista, un espacio que el régimen suele usar como caja de resonancia, se desató una avalancha de denuncias que convirtió la publicación en un acto de rebelión silenciosa. “Increíble cómo minimizan la situación, llamarle compleja a no tener agua por semanas, el término adecuado es catastrófico”, escribió un vecino harto. Otro fue más directo: “¿Solo el 11%? Eso no es así. Mienten descaradamente”.
Los testimonios recogidos reflejan una realidad mucho más cruel que cualquier estadística oficial. “Llevo 35 días sin una gota de agua en Víbora Park. El Partido lo sabe, el gobierno lo sabe, Aguas de La Habana lo sabe, y nadie hace absolutamente nada. Esta es la política del sálvese quien pueda”, denunció un residente. En Luyanó, los vecinos acumulan más de ocho días de desabastecimiento. En El Vedado, decenas de familias llevan semanas, incluso meses, sin recibir agua con regularidad.

La desesperación se resume en una frase que se repite como un clamor: “No se puede vivir así”. Y es que los problemas no son nuevos. El sistema hidráulico cubano es un monumento al deterioro, con décadas de abandono, inversiones fantasmas y una red de tuberías que se desmorona. “En Vista Alegre hay salideros que llevan 19 años sin reparar”, denunció un habanero, mientras otro señalaba que los apagones, otra herencia del desastre energético del régimen, paralizan las bombas y agravan el colapso.
Pero lo que más indigna a la población es la actitud cínica de los líderes castristas. Mientras la gente se desespera buscando agua en camiones cisterna que nunca llegan, la “alta dirección del país” aparece en la televisión oficial sentada, alegre, asistiendo a coloquios y eventos internacionales. “¿Acaso los problemas se solucionan con un coloquio?”, cuestionó un lector con amarga ironía.

La dictadura intenta normalizar la escasez como si fuera un fenómeno natural. Pero los cubanos ya no se tragan el cuento. “Todo escasea en Cuba: agua, luz, gas, comida. Es imposible vivir así”, resume un comentario. Otro sentencia con la pregunta que nadie del régimen se atreve a responder: “¿Hasta cuándo?”. Mientras tanto, los funcionarios de Aguas de La Habana hablan de porcentajes y equipos de bombeo.
Pero fuera de las salas climatizadas, en los barrios populares, la realidad es otra: familias haciendo filas bajo el sol, baldes vacíos, niños sin poderse bañar y una población que cada día pierde más el miedo a alzar la voz. La crisis del agua no es solo un problema técnico, también es la metáfora perfecta de un sistema podrido que ya no puede ni con lo más básico.
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