En una demoledora condena contra la naturaleza represiva del régimen comunista, el sacerdote cubano Alberto Reyes Pías denunció que la isla se encuentra atrapada en una catástrofe sistémica que se agrava día a día, mientras la cúpula castrista permanece únicamente preocupada por sofocar cualquier atisbo de protesta social.
Desde su perspectiva pastoral, la negativa de la tiranía a implementar cambios reales no responde a la ignorancia, sino al cálculo despiadado del poder: para los jerarcas del Partido Comunista, cualquier mejora que favorezca el empoderamiento ciudadano implica necesariamente una pérdida de control político, una concesión que la dictadura considera rotundamente inaceptable a costa del sufrimiento del pueblo.
“Nadie, desde el poder, parece tener el mínimo interés en buscar una solución, tal vez porque, en el grado de deterioro en que se encuentra la isla, toda mejora implica favorecer el empoderamiento de la población y asumir una pérdida de poder. Y la pérdida de poder, para ellos, es inaceptable”, escribió.

Resistencia moral frente al desaliento
Al diagnosticar el impacto psicológico causado por décadas de sometimiento, el líder religioso advirtió que el estrago más devastador de la tiranía no es la escasez material, sino la pérdida sistemática de la esperanza entre los ciudadanos, cuyos horizontes se diluyen tras meses de expectativas frustradas.
Frente a este desolador panorama diseñado por la cúpula para inducir la apatía, el sacerdote cubano emplazó a sus compatriotas a mantenerse firmes y rechazar la claudicación moral, recordando con vehemencia que ningún mal es eterno y que rendirse antes del colapso del despotismo dejaría a la sociedad exhausta e incapacitada para reconstruir la nación cuando finalmente abraque la libertad.
“Creo que lo peor de este momento es que hemos vuelto a perder la esperanza (…)
Pero ningún mal es eterno, y la opresión sobre nuestra tierra, tampoco lo será. Por eso te digo: no pierdas la esperanza. Pero es necesario recordar algo: una situación difícil no tiene nunca la última palabra, y si no la enfrentas, si te rindes en el camino, cuando esa situación termine, ya no te quedarán fuerzas ni ilusiones para abrazar la luz”, agregó Alberto Reyes Pías.
Fe, identidad y solidaridad contra la deshumanización comunista
Para neutralizar la parálisis e individualismo promovidos por el aparato estatal, Reyes llamó a convertir el amor al prójimo en un acto de trinchera y resistencia cívica, urgiendo a la población a socorrer de inmediato a los más necesitados mediante la entrega de medicinas, alimentos y apoyo emocional.
Integrando la doctrina de la fe con una postura intransigente contra la deshumanización impuesta desde La Habana, el párroco enfatizó que la patria trasciende con creces las cadenas del comunismo, apelando al consuelo divino —”Yo estoy contigo”— como un pilar inquebrantable para atravesar la tormenta y sostener la dignidad en medio del desamparo institucional.
El colapso del país y la voz del clero en la oscuridad
Esta profunda reflexión, difundida como la entrega número 175 de su columna semanal en Facebook bajo el título “He estado pensando en un mensaje de esperanza”, fue redactada apenas pocas horas después de que se registrara un nuevo apagón generalizado en todo el territorio nacional tras la falla en cadena del Sistema Electroenergético Nacional.
La coincidencia entre el colapso absoluto de la infraestructura eléctrica y el pronunciamiento del sacerdote cubano evidencia la quiebra del modelo castrista, el cual, lejos de garantizar la supervivencia básica de sus habitantes, administra la penumbra, la escasez y la represión violenta.
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La certeza del fin de la tiranía
Pese al ambiente de asfixia que impera en las calles, el manifiesto concluye con una encendida afirmación de resistencia que vaticina la inevitable caída de la dictadura si el pueblo no renuncia a la convicción de un nuevo amanecer.
Al conjugar la denuncia implacable del sistema con la acción solidaria comunitaria, el Alberto Reyes Pías reafirma que el absolutismo castrista no logrará erradicar la reserva moral de la sociedad cubana, condenada a ver desplomarse a un régimen que se sostiene únicamente mediante el terror y la crueldad.