El sacerdote cubano, Alberto Reyes Pías, emitió su contundente opinión sobre las “reformas” con las que el régimen castrista pretende maquillar el colapso absoluto de la nación, un teatro diseñado para perpetuar el secuestro de una isla que agoniza.
En su más reciente entrega, titulada “He estado pensando en lo que no se acaba de entender”, este sacerdote cubano desenmascaró la estafa sistemática que la cúpula comunista intenta vender como una apertura necesaria tras décadas de ruina provocada por su propia ineptitud.
El espejismo de las medidas económicas
El escenario que plantea el régimen incluye un paquete de 176 medidas económicas, una cifra que solo sirve para engrosar los archivos de la burocracia mientras el pueblo se debate entre el hambre y la desesperanza.
Con una lucidez que irrita a los esbirros de la cúpula, el sacerdote cubano enfatizó que cualquier intento de reformar la economía carece de sentido si el individuo sigue encadenado por un sistema que le niega el derecho básico a la existencia.
La reflexión de Reyes Pías golpea donde más duele a la dictadura: en su narrativa de supervivencia.
“Llevamos años como esos roedores mascota a los que se les pone una rueda para que se entretengan girando, sin llegar nunca a ninguna parte. Llevamos años subsistiendo en círculos concéntricos hechos de discursos, marchas, plenos del Partido, resoluciones, reformas, contrarreformas… que no nos han llevado a ninguna parte, o tal vez sí, nos han llevado al agotamiento, a la miseria crónica, a la normalización de la supervivencia”, sentenció el religioso.
Crítica a la desfachatez del poder
Esta farsa se desarrolla mientras los apagones se prolongan durante jornadas de 30 horas, la mortalidad infantil se dispara hasta niveles indignos y el Producto Interno Bruto se encamina a una caída estimada del 15%.
Ante este panorama, el sacerdote cubano cuestionó la desfachatez de una élite que juega con las vidas ajenas. “Es humillante cómo nos tratan, cómo despliegan con orgullo un poder autoritario cuando los tiempos les son favorables, y cómo fingen tender una mano salvadora cuando los tiempos les son adversos, una mano que parece tendida para sacarte del abismo de las aguas en las que ellos mismos te han sumergido, pero es una mano que nunca llega a salvarte”, afirmó.
El verdadero rostro de los criminales en el poder
Para este valiente clérigo, quienes secuestran a la isla desde 1959 forman “un grupo obsesionado por el poder hasta niveles patológicos”, al cual no le importan “ni la miseria, ni el hambre, ni las aspiraciones, ni las vidas” de quienes habitan el territorio nacional.
Bajo su óptica, la población no es más que una masa de “rehenes, gente a dominar y controlar, esclavos destinados a sostener un país de modo que ellos puedan exprimirlo y acumular bienes y una vida de privilegios desde la más absoluta y obscena impunidad”.
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La libertad como única solución
La postura del sacerdote cubano es tajante respecto al camino que debe seguir el país. Él no propone más parches ni reformas cosméticas.
“La solución no está en liberar la economía sino en liberar al ciudadano. La solución no está en preservar el sistema sino en cambiar el sistema. La solución no está en una nueva generación de líderes marxistas sino en la sustitución del marxismo por una democracia real que permita el poder real del pueblo y el florecimiento de la libertad y la pluralidad política”, subrayó.
El régimen, que históricamente castiga la disidencia con un hostigamiento creciente, observa con terror cómo este sacerdote cubano levanta la voz. Reyes Pías ha dejado claro que el problema de Cuba no reside en la falta de capacidad de su gente, sino en la ausencia total de derechos fundamentales.
“Nuestro problema es un problema de libertad. No nos faltan ideas, ni energía, ni capacidad… nos falta la libertad que permite que todo eso dé fruto”, concluyó, dejando en evidencia que, mientras el castrismo mantenga su bota sobre el cuello de la sociedad, ninguna ley de inversión o banca privada detendrá la asfixia de una nación que clama por el fin de sus secuestradores.