Sepultada Marta Jiménez; Cuba permite entrada de su hijo exiliado para funeral

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Osvaldo Fructuoso Rodríguez se dirige a los asistentes al sepelio de Marta Jiménez.

La ex activista estudiantil y diplomática Marta Jiménez, viuda del mártir revolucionario Fructuoso Rodríguez, fue sepultada este lunes en el Cementerio de Colón de La Habana, acompañada por un grupo de viejos compañeros del Directorio Revolucionario y la Cancillería cubana.

Su único hijo, el periodista y abogado Osvaldo Fructuoso Rodríguez, pudo asistir al sepelio y habló en la despedida de su madre, luego de que las autoridades cubanas le permitieran entrar al país el pasado domingo.

Osvaldo Fructuoso, residente en Estados Unidos desde 1991, viajó en horas de la mañana del domingo desde el Aeropuerto Internacional de Miami y pudo tener acceso a la vivienda familiar.

Marta falleció en su casa de Nuevo Vedado en la mañana del sábado, luego de un largo padecimiento de cáncer. Sus restos fueron velados desde el domingo en la Funeraria de Calzada y K, en el Vedado, de donde partió el cortejo fúnebre hacia la necrópolis habanera.

Valor y entereza

Entre los amigos que acompañaron el féretro hasta el cementerio estaban Guillermo Jiménez, Jimenito, a quien ella escondió en los días de la lucha clandestina en La Habana; el doctor Héctor Terry, ex viceministro de Salud Pública; y Ricardo Alarcón, amigo personal y quien cumplió junto a Marta numerosas tareas diplomáticas y jornadas en Naciones Unidas.

Las palabras de despedida del duelo correspondieron a Jimenito, quien elogió la vida y la conducta de Marta como “una imagen de las posibilidades enormes del valor y la entereza de las mujeres cubanas de todas las épocas”.

“Para nosotros ella es un símbolo. Es más que una combatiente, es un símbolo de esa entereza y de esa firmeza”, dijo el orador, flanqueado por Osvaldo Fructuoso.

El sitio digital Cubadebate publicó íntegramente el discurso de Jimenito, junto con seis fotografías de la ceremonia en el cementerio. Entre las fotos aparece una imagen del panteón que Marta adquiró en 1957 para enterrar a su esposo, asesinado el 20 de abril de 1957. La bóveda aparece con la inscripción de su propio nombre, pero finalmente los restos del mártir fueron trasladados al mausoleo dedicado a los mártires de Humboldt 7.

Palabras de Guillermo Jiménez, combatiente del Directorio Revolucionario, en la despedida de duelo de Marta Jiménez Martínez.

Recuerdo cuando conocí a Marta.

Fructuoso estaba asediado por la policía. Se habían suspendido las clases universitarias por el ataque al Cuartel Goicuría. Se habían suspendido también las garantías constitucionales. Entonces, como de costumbre, él entraba y salía de la clandestinidad; o más bien de la semiclandestinidad, que era lo que vivíamos en aquella época. Se las arregló para distraer el asedio de la policía y se apareció con esa muchachita, que ninguno de nosotros conocíamos.

El cuarto estaba en penumbras, era tarde en la noche, pero aquella muchachita, Marta Jiménez, tenía unos ojos claros que iluminaban la habitación. Fructuoso me dijo que iba a casarse con Marta, lo cual era una noticia extraordinaria. La situación en aquel momento ya estaba definida en el país. Estamos hablando del año 56. Poco después se firmaría el Pacto de Caracas, el desembarco del Granma.

Todos estábamos conscientes de que nos encontrábamos en la antesala de una situación, incluso más difícil de la que ya se había vivido. Y yo miraba a aquella muchacha, con su sonrisa permanente y sus ojos claros, y solo podía preguntarme – y nunca he podido olvidarlo- si aquella muchachita, que no pertenecía al mundo nuestro, que era evidente que todavía no había tropezado con los grandes abismos del dolor humano, era consciente del paso tremendo que estaba dando en su vida, atándola a la de Fructuoso.

Fructuoso, por si no lo saben, era uno de los compañeros de más condición y valores, en una generación que se destacó por tener méritos excepcionales. Fructuoso era por naturaleza, por derecho propio, uno de los grandes líderes, que nos orientó a muchos de nosotros. Y ella iba a unir su suerte, nada menos que con él. Y sólo pensaba en eso… ¿Ella sabrá lo que está haciendo?, ¿ella sabrá a qué se está exponiendo? Evidentemente, nunca me he equivocado más.

En los 60 años siguientes, Marta nos dio muestra permanentemente, sin cansancio del carácter, de su firmeza, una firmeza que ante los problemas que la vida le deparó, en las grandes pruebas en que los hombres y las mujeres se crecen, Marta siempre se crecía más. Y yo no he podido dejar de pensar en que había subestimado a aquella muchachita tierna, dulce, criada en una familia de clase media, con todos los valores de la época. Hija de un médico, la habían educado para lo que se dedicaban las muchachitas de la época, como hija única y estudiante universitaria. Ella rompió con todas esas barreras, y meses después de haberla conocido, se casó con Fructuoso. Y meses después, empezó a dar muestras del carácter que escondía aquella personalidad aparentemente frágil.

Marta y Fructuoso se casaron en julio y el 20 de octubre, tras el atentado a Blanco Rico, los compañeros que dirigían la FEU -particularmente, Jose Antonio y Fructuoso-, tuvieron que entrar en la clandestinidad más profunda de la cual nunca salieron, hasta que los mató la dictadura de Batista.

Y ahí estaba Marta, sin transición ninguna, sin ningún esfuerzo, a la altura del momento y de la época. Sobrepasó los momentos más difíciles como cualquier combatiente revolucionario. Ella nos dio ejemplo siempre. Allí estaba Marta con Fructuoso. Ahí se ligó con los compañeros en las casas del cuartel general y era una combatiente más. Demostró que el esqueleto del que está construido un revolucionario son los valores y los principios, y que esos existen en todas las etapas. Existen en el capitalismo y en el socialismo. En el socialismo, con más razón hay que mantener esos principios siempre. Marta fue consecuente con ello.

Llegó el 20 de abril de 1957 y los hechos de Humboldt 7, aquella cosa terrible. La dictadura, sin dudas, se esmeró en sus manifestaciones de crueldad en Humboldt 7. Todas las formas de la maldad de la policía represiva de Batista la aplicaron en aquellos cuatro compañeros. Pero si en algún momento lo hicieron para amilanar a los revolucionarios y a la población de Cuba, Marta les jugó una mala pasada.

El entierro de Fructuoso y de los tres compañeros de Humboldt 7 se convirtió en la última batalla de cuatro grandes jinetes, y lo logró Marta Jiménez. Ella se puso al frente de aquel entierro lleno de policías por todas partes y ella logró evadir de tal forma el cerco policiaco, que no tuvieron el valor moral de romper la manifestación. Y realmente, para todos los que vivimos aquello, estuviéramos o no comprometidos en la lucha, esa imagen quedó para siempre en todos nosotros. Esa es una imagen imborrable. Esa es una imagen de las posibilidades enormes del valor y la entereza de las mujeres cubanas de todas las épocas. Para nosotros ella es un símbolo. Es más que una combatiente, es un símbolo de esa entereza y de esa firmeza.

Pero Marta no se contentó solo con ese entierro, emblemático e histórico en nuestra historia revolucionaria, sino que siguió trabajando en la lucha insurreccional en todas las ocasiones que tuvo, hasta el último el Triunfo de la Revolución. En esos primeros días en que todo el pueblo cubano -es difícil que la gente joven hoy en día pueda entender eso-, el pueblo cubano en su conjunto estaba con una alegría como pocas veces se había visto en su historia, celebrando la victoria del derrocamiento de la dictadura. Marta Jiménez, por su cuenta, por su iniciativa, cumplía lo que ella misma se había impuesto: lograr la justicia y encausar a los asesinos y al traidor de Humboldt 7. En medio de ese júbilo, ella fue a buscar más evidencias de las pruebas que los compañeros del Directorio tenían acerca de quién era el delator. Y siguió buscando. Pasaron los años, el delator evadió la aplicación de la justicia revolucionaria, pero ella no renunció, continuó.

Llegó el juicio de Marquitos y ella logró su segunda gran batalla, ejemplo de dignidad, de entereza, de justicia, de valores y principios revolucionarios permanentes. Allí se irguió. Y no le bastó. Se logró hacer justicia, como era lógico, al delator; la Revolución hizo justicia. Pero ella se impuso después, en medio de sus múltiples responsabilidades con la Revolución, se impuso una tarea, también una tarea de la Revolución: no permitir jamás que el olvido cubra la historia de lucha y de heroísmo de este país, de este pueblo y de la generación que hicimos la Revolución.

Y el caso de Humboldt 7 y el juicio de Humboldt 7 y las lecciones que nos dio son lecciones para la Historia de este país. No son lecciones para los que la vivimos, ni para el Directorio Revolucionario; son lecciones para la Historia de nuestro país; lecciones que necesita las generaciones que estamos formando y que necesita la Revolución sobre todo en estos momentos. Los valores están por encima de todo y se tienen que mantener con la Revolución en el poder, con más razón, y los tenemos que mantener.

Esa fue Marta. Ella no permitió que el olvido cayera sobre una de las páginas más tremendas de la historia de Cuba. Ella luchó para que no ocurriera ese adagio terrible, que dice que los pueblos que olvidan su historia están condenadas a vivirla por segunda vez. No podemos permitir que se olvide la historia de este país. Que se olviden las grandes enseñanzas de virilidad, de energía, de firmeza, que son también las que conforman una Revolución. Sobre ese legado descansa Marta.

Hoy estamos enterrando un símbolo de la Revolución, un símbolo de las mujeres cubanas, de lo que ellas son capaces. Marta es un símbolo para todos nosotros. Descansa en paz, Marta.

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