Anoche, mientras el presidente Donald Trump asistía a la cena de gala de corresponsales de la Casa Blanca en Washington, un hombre llamado Cole Allen, de 31 años y residente de California, abrió fuego en las inmediaciones del salón. El Servicio Secreto lo neutralizó. El presidente resultó ileso. Y Estados Unidos amaneció hoy con una cifra que debería estremecer a cualquier demócrata sincero, sea del partido que sea: tres atentados contra Donald Trump en menos de dos años.
El de Butler, Pensilvania, en julio de 2024, donde una bala le rozó la oreja y mató a un padre de familia que le hacía escudo a su hija. El del campo de golf de West Palm Beach, dos meses después, donde un tirador esperaba entre la maleza. Y ahora éste. A eso súmesele el incidente de Coachella, donde un hombre armado fue detenido en un control de seguridad. Sin precedentes en la historia moderna del país.
La pregunta incómoda —la que los grandes diarios no quieren formular— es esta: ¿por qué?
Las palabras tienen consecuencias
Durante diez años, una fracción amplia y ruidosa de la clase política, mediática y cultural estadounidense ha repetido sin descanso un mismo libreto sobre Donald Trump. No es un adversario político: es un “tirano”. No es un presidente con el que se discrepa: es un “fascista”. No es un mandatario electo dos veces por la voluntad popular: es un “rey” que hay que derrocar.
“Amenaza existencial”. “Hitler americano”. “El fin de la democracia”.
Cuando se le repite a una nación durante una década, mañana, tarde y noche, que un solo hombre encarna el mal absoluto y representa el final de la república, ¿qué cabe esperar? La política es, antes que nada, lenguaje. Y el lenguaje del odio absoluto produce consecuencias absolutas. No hace falta que el atacante de turno tenga carnet de partido: basta con que haya respirado, durante años, el aire envenenado que otros se encargaron de fabricar.
Esa es la cuenta que la izquierda estadounidense no quiere pagar. Pero la firma está en cada uno de sus discursos.
“No Kings”: la consigna de los conserjes del odio
Pocas semanas antes del atentado de anoche, las calles de varias ciudades norteamericanas se llenaron con las marchas “No Kings”. El mensaje, repetido en pancartas profesionales y coreado por celebridades convocadas para la foto, era simple: Trump quiere ser rey, y hay que impedirlo.
Es una mentira tan grande como cómoda. Trump ganó dos elecciones. Trump gobierna sometido a un Congreso, a tribunales que le tumban decretos, a una prensa abrumadoramente hostil, a estados gobernados por el partido contrario. Si eso es una monarquía, los manifestantes deberían pedirle a un diccionario que les explique la palabra.
Pero la consigna no busca describir: busca deslegitimar. Si Trump es “rey”, entonces no es un presidente: es un usurpador. Y contra un usurpador —enseña la historia que tanto le gusta citar a la izquierda cuando le conviene— “todo está permitido”.
Esa es la luz verde que llevan encendiendo desde 2016. No la encienden con un interruptor: la encienden con cada editorial, con cada monólogo nocturno, con cada cartel pintado a brocha gorda, con cada actor que sube a recoger un premio y dedica su minuto al insulto.
Hollywood, el megáfono
El caso de Robert De Niro es paradigmático. Durante años ha hecho de su rabia personal contra Trump un acto de fe pública: profanidades en ceremonias de premios, discursos incendiarios, apariciones en cuanta tribuna le abran. En sus propias palabras, Trump es “un payaso”, “un imbécil”, “un peligro”. Es libre de pensarlo. Es libre de decirlo.

Lo que no es libre —y conviene señalarlo— es de exigir que ese vocabulario se use solo en una dirección. Porque mientras De Niro y sus pares descargan adjetivos contra el presidente electo de los Estados Unidos, guardan un silencio sepulcral frente a las verdaderas tiranías del continente.
Frente a Miguel Díaz-Canel, que mantiene cárceles llenas de presos políticos en Cuba, no hay discursos. Frente a Nicolás Maduro, que ha exiliado a ocho millones de venezolanos, no hay marchas. Frente a Daniel Ortega, que ha desnacionalizado a sus propios obispos, no hay camisetas. La industria cultural que se autodenomina “valiente” se vuelve repentinamente prudente cuando el dictador es de izquierda.
Esa asimetría no es ingenua: es ideológica. Y revela quién manda realmente en la jerarquía moral del progresismo norteamericano.
LEA TAMBIÉN: Marcha “No Kings”: Robert De Niro, Díaz-Canel y la izquierda que defiende dictaduras
La Habana, central de relato
No es casual que el catálogo de insultos contra Trump —”fascista”, “tirano”, “rey”— sea exactamente el mismo que el régimen cubano ha exportado durante seis décadas contra todo presidente republicano que se atrevió a apretarle las clavijas. La Habana no inventó la izquierda anti-Trump, pero la abraza, la celebra y la amplifica con todos sus medios. Porque sabe que Trump es la antítesis de su supervivencia: fue él quien devolvió a Cuba a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, quien cerró los corredores económicos que oxigenaban al régimen, y quien se negó a tragarse el cuento de la “transición”.
Para Díaz-Canel, sacar a Trump de la conversación política norteamericana no es un capricho ideológico: es estrategia de supervivencia. Y cada actor de Hollywood, cada activista de “No Kings”, cada profesor universitario que repite que Trump es un “rey”, está haciéndole, sin saberlo o sabiéndolo, el trabajo gratis al dictador del Caribe.
La advertencia que la comunidad cubana sí entiende
Para el cubano de Hialeah, el venezolano de Doral, el nicaragüense de Sweetwater, este libreto no es teórico. Es memoria. Sabemos cómo empieza: primero te llaman “rey” o “fascista”. Después te niegan el acceso a los medios. Después te judicializan. Después te criminalizan a tus votantes. Y un día, alguien decide que las palabras no bastan y aprieta un gatillo.
Tres veces en dos años. Es una cifra que ya no admite el argumento del “lobo solitario”. Es un patrón. Y los patrones tienen autores intelectuales, aunque esos autores juren no haber tocado nunca un arma.
Estados Unidos no tendrá rey. Pero tampoco debería aceptar que sus presidentes electos —los de cualquier partido— se conviertan en blancos legítimos porque cierto sector de la élite cultural decidió que su mera existencia es intolerable.
Si los que llaman “tirano” a Trump mientras aplauden a Díaz-Canel quisieran, por una vez, mirarse al espejo, descubrirían algo incómodo: el monarca al que tanto temen no está en la Casa Blanca. Está, como siempre, en el Palacio de la Revolución de La Habana.
Y mientras lo aplauden, en Washington alguien volvió a apretar un gatillo.