La historia de Carmen y Zoila es la historia de dos madres que, en Caracas y en Villa Clara, murieron esperando.
Una caminó durante meses con la fotografía de su hijo desaparecido entre tribunales y cárceles venezolanas.
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The Venezuelan regime KILLED Carmen Navas through the torture, cruelty and evil they inflicted on her and her son, Víctor Hugo Quero.
— Rick Scott (@SenRickScott) May 18, 2026
Carmen is the face of the brutality of the Venezuelan dictatorship. They kidnapped her son, hid his death for months and forced a mother to… https://t.co/mQ3ZxQvoDX pic.twitter.com/Oseay3WDav
La otra agonizó sola en Cuba mientras el único hijo que la cuidaba permanecía encerrado por protestar pacíficamente.
Carmen Teresa Navas y Zoila Esther Chávez Pérez nunca se conocieron, pero sus historias parecen escritas por el mismo sistema: el de dos regímenes que castigan el disenso político extendiendo el dolor hasta el núcleo más íntimo de la familia.
Carmen y Zoila, las madres que aprendieron a buscar entre cárceles
Carmen Navas tenía 82 años y un rostro cansado que Venezuela terminó reconociendo. Durante 16 meses recorrió ministerios, retenes y oficinas públicas preguntando por Víctor Hugo Quero Navas.
Quero Navas era su hijo, detenido el 1 de enero de 2025 bajo acusaciones de terrorismo y conspiración. Nadie le daba respuestas claras. Nadie le mostraba una prueba de vida. Lo único constante era la incertidumbre.
La señora Carmen Navas pasó sus últimos años de vida buscando a su hijo, el cual, había sido asesinado por la dictadura de Maduro y Delcy Rodríguez.
— Emmanuel Rincón (@EmmaRincon) May 18, 2026
Hace solo días se enteró que su hijo no estaba preso, sino muerto.
Hoy falleció, no soportó la tristeza.
Maldito chavismo. pic.twitter.com/ZskatMTWhs
En esos pasillos comenzó a desmoronarse lentamente. El periodista Rafael Hernández Marcano, que acompañó parte de esa travesía, anunció su muerte el pasado 17 de mayo con una frase que resumía el peso de aquella lucha: “Murió la abuelita mía, mamá de Víctor Quero, la guerrera Carmen Navas”.
Murió la abuelita mía, mamá de Víctor Quero, la guerrera Carmen Navas. Gracias a Dios al menos en la compañía de sus hijos de la vida @maryorinmendez y yo, y su hija Desireé Quero pic.twitter.com/4dqjq0n4fZ
— Rafael Hernández (@sincepto) May 17, 2026
La tragedia tenía otra capa de crueldad. Días antes de morir, Carmen finalmente supo lo que llevaba meses temiendo: su hijo había muerto bajo custodia del Estado venezolano en julio de 2025.
El chavismo tardó casi diez meses en reconocerlo oficialmente. Para entonces, la mujer ya había consumido su salud recorriendo cárceles y hospitales militares en busca de respuestas.
En Cuba, Zoila Esther Chávez Pérez vivía otra forma de encierro. Su hijo, el escritor y periodista independiente José Gabriel Barrenechea, fue arrestado en noviembre de 2024 después de participar en una protesta pacífica durante un apagón en Villa Clara.
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Desde entonces permaneció recluido en la prisión La Pendiente acusado de “desorden público”.
Zoila dependía completamente de él. Era anciana, padecía cáncer y enfermedades crónicas.
Cuando el régimen cubano encarceló a Barrenechea, también dejó a su madre condenada al abandono. “Murió pidiendo la liberación de su hijo”, escribió un periodista.
“Falleció esperando justicia en un país que no la ofrece”. La mujer jamás volvió a verlo.
La represión que castiga también a las familias
Las dictaduras no solo encarcelan opositores. También rompen hogares. Ese parece ser el punto de encuentro entre Carmen y Zoila, entre Cuba y Venezuela: la represión se expande más allá de la celda y convierte a las familias en víctimas colaterales de una maquinaria diseñada para sembrar miedo.
Carmen Navas pasó más de un año tocando puertas de instituciones que le negaban información básica sobre su hijo.
Según organizaciones de derechos humanos venezolanas, el caso tuvo características de desaparición forzada. La ONG Justicia, Encuentro y Perdón denunció inconsistencias en la fecha de muerte, en la ubicación del detenido y en la entrega de sus restos.
En Cuba, organizaciones como Cubalex denunciaron que José Gabriel Barrenechea permanecía detenido incluso después de vencidos los plazos legales de prisión preventiva. La cárcel dejó de ser únicamente un castigo para él. También fue una condena silenciosa para su madre, aislada y sin asistencia estatal.
En ambos países aparece el mismo mecanismo: convertir el sufrimiento familiar en un mensaje político. Que la madre envejezca esperando. Que el hijo desaparezca en una prisión. Que el miedo se vuelva cotidiano. La crueldad no es accidental; funciona como herramienta de control.
Dos países, una misma herida, la herida de Carmen y Zoila
Mientras Carmen Navas buscaba noticias de su hijo en Caracas, Zoila Esther Chávez agonizaba en Cuba esperando que liberaran al suyo. Dos mujeres ancianas, dos hijos presos políticos y dos regímenes autoritarios empeñados en administrar el silencio.
La líder opositora venezolana María Corina Machado dijo tras la muerte de Carmen que “no murió solo una madre, murió una mujer que convirtió el dolor en coraje y la desesperación en denuncia”.
Esa frase también podría describir a la cubana Zoila, cuya historia terminó convirtiéndose en símbolo del sufrimiento de miles de familias en la Isla-Cárcel.
Cuando Jorge Rodríguez, hermano de la hoy presidenta encargada de Venezuela, envió un mensaje de felicitación a Delcy, la lluvia de críticas por el deceso de Carmen pareciera no tener fin:
“Venezuela está de luto por culpa de ustedes, monstruos”, le escribió un usuario de la red social Twitter.
Otra persona le ripostó “Hoy lloramos nuevamente, hoy lloramos a la abuela Carmen, y ustedes no tendrán ni perdón ni olvido”.
Tanto el chavismo como el régimen cubano sostienen discursos de justicia social, humanismo y defensa del pueblo. Pero las historias de Carmen y Zoila muestran otra cara: madres envejeciendo frente a cárceles, familias rotas por detenciones arbitrarias y ciudadanos reducidos a expedientes políticos.
Las dos murieron esperando algo elemental: volver a ver a sus hijos. Y esa coincidencia, más que cualquier discurso ideológico, retrata el rostro de dos dictaduras que han aprendido a gobernar administrando el dolor ajeno.