Una respuesta política e histórica a quienes acusan al exilio de esperar sentado lo que no se ha atrevido a hacer.
Cada vez que el régimen cubano entra en una de sus fases terminales, reaparece en las redes sociales un género literario tan viejo como el propio exilio: el reproche moral a los cubanos de afuera. Vuelve siempre con las mismas palabras. Que estamos echados como perras esperando que el americano resuelva. Que opinamos desde la comodidad del aire acondicionado mientras le exigimos a otros que mueran por nosotros. Que pedir acción decisiva a Estados Unidos es mendigar, y que mendigar, como decía Maceo, es propio de cobardes.
Lo curioso es que esa frase —desde la comodidad del aire acondicionado— no la repite solamente el régimen desde La Habana. La repiten también, con asombroso descaro, muchos de sus voceros que viven en Estados Unidos. Tipos que no pasan ni un día la miseria que vive el pueblo cubano, que escriben sus diatribas desde un efficiency en Hialeah, en Tampa o en Nueva Jersey, comiendo más de tres veces al día, con luz veinticuatro horas, con agua corriente, con internet ilimitado y con la libertad de criticar a Estados Unidos sin que los metan presos veinte años por hacerlo. Esos voceros que viven del propio sistema que dicen despreciar son, paradójicamente, los más feroces predicadores de la culpa contra el exilio. La hipocresía es tan evidente que apenas merece refutarse, pero conviene nombrarla, porque sin nombrarla seguirá envenenando el debate público cubano.
El reproche tiene tres siglos. Lo escribieron los autonomistas contra Martí. Lo repitieron los intelectuales del Partido Liberal contra los veteranos del 95. Lo recitaron, ya bajo el castrismo, los oficialistas contra los que se fueron en los vuelos de la libertad, contra los del Mariel, contra los balseros, contra los del 11 de julio que cruzaron por Centroamérica. Cambian los emisores; el guion es idéntico. Y conviene, en este momento histórico que el reporte de Axios sobre la inminencia de una acción militar estadounidense ha vuelto a poner sobre la mesa, responderlo con rigor. No con ofensa. Con argumentos.
La memoria selectiva de 1898
Quienes recuerdan la intervención estadounidense de 1898 para reprochar al exilio actual su supuesta cobardía suelen ofrecer una versión sentimental de aquel episodio. La versión completa es otra. Los mambises pelearon treinta años, es cierto: desde el grito de Yara en 1868 hasta el reinicio de la guerra en 1895. Derramaron una sangre cuya deuda Cuba nunca terminará de pagar. Pero quienes pidieron formalmente la entrada de Estados Unidos en la guerra no fueron solamente los generales en el campo cubano. Fue, sobre todo, la Junta Cubana en Nueva York, dirigida por Tomás Estrada Palma —el mismo exilio que tantos desprecian hoy— gestionando cabilderos, recursos, prensa y respaldo político en Washington. Sin Tampa, sin Cayo Hueso, sin las tabaquerías de Nueva York donde Martí leía sus discursos a los obreros que financiaban la guerra, los mambises no habrían tenido ni armas, ni pólvora, ni reconocimiento internacional. El exilio no fue accesorio de la independencia: fue una de sus dos columnas.
Y conviene recordar algo más, porque a menudo se omite. Estados Unidos, como toda gran potencia, actuará siempre según su propio cálculo estratégico. Eso no es una amenaza: es una constante histórica que conviene mirar de frente. La pregunta seria es si ese cálculo estratégico se alinea, en este momento, con los intereses del pueblo cubano. Y la respuesta, por primera vez en muchas décadas, es que sí se alinea.
Se alinea, en primer lugar, en materia de seguridad nacional. Cuba ha dejado de ser un problema bilateral entre La Habana y Washington para convertirse en una plataforma de proyección de potencias adversarias a ciento cuarenta y cinco kilómetros de Florida. La base de escucha de Bejucal opera con tecnología china. Los puertos cubanos han recibido buques militares rusos con capacidades ofensivas. Irán ha utilizado a Cuba como punto de triangulación logística junto con Venezuela. Esa presencia adversaria sostenida en el Caribe es, hoy, una amenaza directa al territorio continental estadounidense. Neutralizarla es un interés legítimo de Estados Unidos, y al mismo tiempo es la condición indispensable para que Cuba recupere su soberanía real, esa que el régimen entregó pieza a pieza primero a Moscú, después a Caracas, y finalmente a Beijing y a Teherán.
Se alinea, en segundo lugar, en el combate al narcotráfico. Quienes pretenden presentar al régimen castrista como una víctima pura del imperialismo olvidan algo que está documentado desde los años ochenta: los testimonios de los propios líderes del Cartel de Medellín —y muy en particular las declaraciones que dejaron Carlos Lehder y otros operadores del cartel ante tribunales estadounidenses— han descrito durante décadas la participación directa de altos mandos del régimen cubano en el contrabando de cocaína hacia Estados Unidos. El juicio de Arnaldo Ochoa en 1989, con el que el propio régimen liquidó a sus propios oficiales para borrar pistas comprometedoras, fue la prueba interna de esa trama. Cuba no es una víctima del narcotráfico hemisférico: es, desde hace mucho, una pieza del tablero. Combatir esa estructura es, otra vez, un interés legítimo de Estados Unidos y al mismo tiempo una necesidad imperativa para el futuro institucional de Cuba.
Se alinea, en tercer lugar, en el frente migratorio. Un colapso descontrolado del régimen produciría una ola migratoria hacia Florida de proporciones inmanejables. Gestionar activamente la transición, en lugar de esperar pasivamente el caos, es un interés estadounidense que coincide punto por punto con el interés cubano de evitar otra hemorragia humana como la de los últimos cuatro años.
Que Estados Unidos tenga intereses no es, por tanto, una objeción a la acción: es la base misma sobre la que la acción se vuelve posible. Las grandes alianzas históricas no se construyen sobre la coincidencia sentimental, sino sobre la alineación de intereses concretos. Y hoy, esos intereses concretos se alinean.
Lo que sí ha hecho el exilio
La acusación de que el exilio cubano ha vivido tres generaciones sentado en un sofá, comiendo bistec y reclamando que otros peleen, choca contra hechos comprobables.
Fueron cubanos, no americanos, los que desembarcaron en Playa Girón en abril de 1961. La Brigada 2506 dejó ciento catorce muertos en la arena, y mil ciento ochenta y nueve hombres en las cárceles del castrismo. Aquello no fue una operación de oficina: fue exilio cubano cargando contra ametralladoras soviéticas, traicionado por una administración demócrata que les negó la cobertura aérea prometida.
Han sido miles de cubanoamericanos los que han servido en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos desde Vietnam hasta Afganistán. La comunidad cubana de Miami tiene una proporción de veteranos militares notablemente superior a la media nacional. Hablar de un exilio que no ha tenido la decencia de entrar en el ejército americano es ignorar a los muertos en Khe Sanh, en Faluya, en Kandahar.
Es el exilio el que sostiene económicamente a las familias que quedaron en la isla. Las remesas enviadas desde Estados Unidos superan, año tras año, lo que produce la economía estatal cubana. No es una metáfora: es una cifra. Sin el exilio, el régimen ya habría colapsado por hambre hace dos décadas. Esa contradicción —que el exilio sostenga al pueblo y al mismo tiempo presione al régimen que lo oprime— es uno de los dramas morales más difíciles que cualquier diáspora del mundo haya enfrentado, y el exilio cubano lo ha asumido sin esquivarlo.
Y es el exilio el que, durante seis décadas, ha mantenido la causa cubana viva en foros internacionales donde el régimen pretendía borrarla. Es el exilio el que ha construido la red de medios, de organizaciones de derechos humanos, de cabildeo bipartidista en el Congreso, de archivos de víctimas, de centros académicos. Es ese trabajo sostenido, generación tras generación, el que ha producido el momento político en el que un cubanoamericano dirige hoy el Departamento de Estado. Eso no cayó del cielo. Eso se construyó.
Llamar a todo eso comodidad es no haber leído la historia. Es preferible reconocerlo: el exilio no ha estado sentado.
Por qué 2026 no es 1895
El argumento de que los cubanos de adentro y de afuera deberían tomar el machete, alistarse, organizarse y derribar al régimen con sus propias manos suena épico. Tiene la fuerza moral indiscutible de la cita de Maceo: la libertad no se mendiga, se conquista con el filo del machete. Pero hay que decirlo con honestidad: 2026 no es 1895.
En 1895 había monte. Había sierra. Había una geografía que permitía la guerra de guerrillas. Había una metrópoli colonial cuya capacidad de vigilancia se reducía a telégrafos lentos, columnas militares pesadas y una administración corrupta. Había puertos por donde entraban armas, hombres y suministros. Había prensa internacional que podía cubrir la guerra. Había, en suma, condiciones materiales para una insurrección armada clásica.
En 2026 hay otra cosa. Hay un Estado totalitario construido durante seis décadas con asesoría operativa de la KGB, la Stasi y, más recientemente, los servicios chinos e iraníes. Hay un Ministerio del Interior con cientos de miles de informantes en la base, comités de defensa de la revolución en cada cuadra, vigilancia electrónica de las comunicaciones, control absoluto de internet, monitoreo de las redes sociales y prisión de veinte y treinta años por publicar un comentario. Hay un aparato represivo que ha demostrado, una y otra vez, su disposición a la masacre: el remolcador 13 de Marzo en 1994, donde el régimen ahogó a treinta y siete cubanos, mujeres y niños incluidos; los balseros recientes hundidos por guardacostas castristas; los miles de presos del 11 de julio condenados en juicios sumarios sin abogados; la represión sistemática contra las Damas de Blanco, los miembros del Movimiento San Isidro, los artistas, los sacerdotes, los periodistas independientes.
Quien le pide al pueblo cubano dentro de la isla que tome el machete contra ese aparato, sin armas, sin organización clandestina viable, sin retaguardia geográfica y sin apoyo internacional concreto, no le está pidiendo coraje: le está pidiendo el suicidio. Lo que sí debe hacer el pueblo cubano —y lo que ha demostrado que sabe hacer cuando las circunstancias le abren un resquicio— es manifestarse pacíficamente, masivamente, como hizo el 11 de julio de 2021. Esa es hoy la trinchera realista del pueblo dentro de la isla: salir a la calle desarmado, con las manos vacías, gritando “patria y vida”, para que el mundo entero vea, con sus propios ojos, la crueldad desnuda del régimen. Cada cubano filmando con un teléfono móvil a un policía que golpea a una madre, a un adolescente esposado, a una Dama de Blanco arrastrada por el pelo, está haciendo más por la libertad de Cuba que cualquier Puente de Amor, dando migajas y limosna al pueblo cubano. La revolución cubana del siglo XXI no la pueden ganar solos, los cubanos desarmados, moribundos, y sin machetes: se ganará con la imagen, con el testimonio, con la presión internacional y la ayuda de Estados Unidos, como lo pidieron los mambises, contra la colonia española.
Y esta vez, además, los tiempos han cambiado de verdad. Esta no es la Casa Blanca de Barack Obama, que premiaba al régimen con la apertura de Kerry y la foto de La Habana mientras los Castro reprimían a las Damas de Blanco a pocas cuadras del acto protocolar. No es la Casa Blanca de Joe Biden, que durante cuatro años mantuvo a Cuba en una zona gris cómoda para la dictadura mientras se hundía el pueblo. No es la política exterior diseñada por la izquierda demócrata estadounidense, que durante décadas funcionó como anestesia del régimen castrista: pretendiendo que el “diálogo” y el “compromiso constructivo” producirían reformas que nunca llegaron, y permitiendo en la práctica que La Habana ganara tiempo, oxígeno y legitimidad internacional. Esta vez quien toma las decisiones operativas en el Departamento de Estado es Marco Rubio, un cubanoamericano hijo del exilio que conoce el régimen como nadie en Washington, que sabe cómo opera su aparato represivo, que ha mapeado durante años a sus operadores en América Latina, y que tiene a la vez la convicción personal y el poder institucional para cerrar el ciclo. Esa diferencia no es cosmética. Es la diferencia entre seis décadas de tolerancia indulgente y un cambio real de doctrina.
Maceo, que era un estratega además de un héroe, no operaría hoy únicamente con el machete. Operaría con inteligencia, con alianzas internacionales, con guerra de información, con presión económica sostenida, con quiebres dentro del aparato militar, con planificación operativa profesional. Operaría, también, sabiendo aprovechar el momento exacto en que el tablero político de la potencia hemisférica se alinea con la causa cubana. Eso es exactamente lo que el exilio serio lleva décadas construyendo, y lo que el pueblo cubano dentro de la isla, manifestándose pacíficamente y mostrándole al mundo la cara real del régimen, puede ayudar a consumar.
Las dos trincheras

El cubano que sale a la calle el 11 de julio en La Habana, en Holguín, en Palma Soriano, sabiendo que lo espera la cárcel o la golpiza, es un héroe. El cubanoamericano que durante cuatro décadas ha votado, donado, organizado, escrito, denunciado, presionado y construido la causa cubana en Washington, también lo es. Las dos trincheras son legítimas. Las dos son necesarias. No hay una jerarquía moral entre ellas, porque no son intercambiables: cada una opera en el terreno donde puede operar.
Esa fue, exactamente, la doctrina de Martí. Mientras Maceo peleaba en Oriente, Martí hacía política en Nueva York. Mientras Gómez articulaba la campaña militar en el campo, Estrada Palma articulaba la presión diplomática en Washington. Ninguno de ellos despreció al otro. Sabían que la independencia se ganaba en las dos trincheras simultáneamente. Pretender, ciento treinta años después, que la trinchera política del exilio es cobardía y que solo cuenta la del campo, es no haber entendido a Martí.
Pedir acción no es mendigar
Aquí está, quizás, el núcleo del debate. ¿Es mendigar lo que está haciendo el exilio cubano cuando le pide a Estados Unidos acción decisiva contra el régimen de La Habana?
Mendigar es no hacer nada y extender la mano. Pedir acción dentro del sistema político del país del que se es ciudadano y contribuyente, organizando bloques electorales, financiando campañas, ocupando puestos en el Congreso y el Ejecutivo, construyendo coaliciones bipartidistas, articulando agendas legislativas y proyectando influencia mediática durante seis décadas no es mendigar: es ejercer el poder político que cualquier comunidad democrática tiene derecho a ejercer. Lo hicieron los irlandeses con el lobby pro-IRA en Boston y Nueva York. Lo hicieron los judíos con AIPAC. Lo hicieron los polacos con la Solidarność de Lech Wałęsa apoyada desde Chicago. Lo hicieron los armenios, los ucranianos, los taiwaneses. Nadie los llamó mendigos. Hicieron política, que es lo que las diásporas inteligentes hacen.
Y conviene señalar la ironía mayor: mientras se acusa al exilio cubano de pedirle a Washington, el régimen de La Habana se pasa el día entero pidiendo al mundo entero. Pide petróleo a Venezuela e Irán. Pide créditos a China y Rusia. Pide ayuda humanitaria a la Unión Europea, a la ONU y a cualquier organización dispuesta a escucharlo. Pide la suspensión del embargo en cada foro multilateral. Pide donaciones de medicinas. Pide condonación de deuda. Pide protección política contra sanciones. El régimen que acusa al exilio de pedir, pide más que ningún otro Estado del hemisferio. Esa doble vara delata el argumento entero.
La hora del hemisferio
Si la intervención que describe el reporte de Axios llega a materializarse —y todas las señales operativas apuntan a que es ya un escenario en planificación activa— no será porque el exilio cubano haya estado esperando que el americano resuelva. Será porque, por primera vez en sesenta y siete años, se han alineado las condiciones geopolíticas que hacen insostenible para Estados Unidos la presencia consolidada de China, Rusia e Irán a ciento cuarenta y cinco kilómetros de Florida. Será porque la base de Bejucal operada con tecnología china, los puertos abiertos a buques militares rusos y la triangulación energética con Irán y Venezuela han convertido a Cuba en una amenaza estratégica que ninguna administración seria puede seguir tolerando. Será porque la doctrina hemisférica de la nueva administración —una versión renovada de la Doctrina Monroe— ha decidido que el Caribe vuelve a ser zona de seguridad exclusiva de Washington. Será porque, además, un cubanoamericano hijo del exilio dirige por primera vez en la historia el Departamento de Estado. Será, en suma, geopolítica, no pereza del exilio.
Pero será también, y aquí está la verdad incómoda que algunos no quieren ver, porque el trabajo político de tres generaciones del exilio cubano construyó las condiciones para que ese alineamiento fuera posible. Sin esa presión sostenida durante seis décadas, Cuba habría sido olvidada hace mucho. Sin esa memoria del exilio, el régimen habría conseguido el lavado internacional que tantas veces buscó. Sin ese trabajo paciente, no habría hoy un Marco Rubio dirigiendo la diplomacia estadounidense. La historia tiene autores, y el exilio cubano es uno de ellos.
La pregunta final
A quienes hoy nos preguntan, desde el reproche, qué hemos hecho los cubanos del exilio durante estas seis décadas, la respuesta es larga y comprobable. Pero conviene cerrar con la pregunta inversa, la que pocos se atreven a devolver: ya que critica, ¿qué ha hecho usted?
Porque la historia no se escribe solo con machetes. Se escribe también con organización, con paciencia, con disciplina, con generaciones que entienden que la libertad de un pueblo es un proyecto largo, y que las dos trincheras —la de adentro y la de afuera— son igual de necesarias y de honorables.
Cuba está más cerca de su libertad que en cualquier momento desde 1959. Y cuando llegue, no llegará por la cobardía de nadie. Llegará por el trabajo conjunto de quienes resistieron adentro y de quienes construyeron afuera. Llegará, como dijo Martí, porque la patria es ara y no pedestal. Llegará para todos. Y a la hora del balance, la historia hará justicia.
Cuba Libre.
Nota de la redacción: Reproducimos a continuación, como complemento histórico a este editorial, la carta que el general Máximo Gómez —jefe del Ejército Libertador— dirigió al presidente Grover Cleveland el 9 de febrero de 1897. Pidió, desde el campo insurrecto, que la primera potencia del hemisferio interviniera para detener la barbarie española contra la población civil cubana. Pedir acción decisiva no fue cobardía entonces, y no lo es ahora. Es, como demuestra esta carta, una de las más antiguas y dignas tradiciones de la lucha cubana por la libertad.
Carta del general Máximo Gómez
al presidente Grover Cleveland
Sancti Spíritus, 9 de febrero de 1897
Sr. Grover Cleveland
Presidente de los Estados Unidos
Señor:
Permita que un hombre, cuya alma se desgarra ante la contemplación de crímenes indecibles, levante la voz ante el jefe supremo de un pueblo libre, culto y poderoso.
No considere, le ruego, esta acción como un acto inoportuno de oficialismo. Usted mismo la autorizó al concederme un lugar en su último mensaje al Congreso.
Más aún, le ruego, no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos. Los cubanos nos hemos lanzado a esta guerra, confiados en nuestra fuerza. Solo la sabiduría del pueblo americano debe decidir qué curso de acción deben tomar.
No hablaré de los cubanos en armas. No; alzo mi voz solo en nombre de los americanos desarmados, víctimas de una crueldad espantosa. La levanto en nombre de la debilidad y la inocencia sacrificadas, con el olvido de los principios elementales de la humanidad y las máximas eternas de la moral cristiana, sacrificadas brutalmente en los últimos días del siglo XIX, a las mismas puertas de la gran nación que se yergue tan encumbrada en la cultura moderna; sacrificada allí por una monarquía europea en decadencia, que tiene la triste gloria de representar los horrores de la Edad Media.
Nuestra lucha con España tiene un aspecto muy interesante para esa humanidad de la que usted es tan noble ejemplo, y sobre este aspecto deseo llamar su ilustre atención.
Mire a través del mundo y verá cómo todos, con la posible excepción de los americanos, contemplan con indiferencia, o con platonismo sentimental, la guerra que enrojece los hermosos campos de la fértil Cuba como si fuera algo ajeno a sus intereses y a los de la cultura moderna; como si no fuera un crimen olvidar de esta manera los deberes de la fraternidad social.
Pero usted sabe que no se trata solo de Cuba; es América, es toda la cristiandad, es toda la humanidad, la que se ve indignada por la horrible barbarie de España.
Pues bien, los españoles luchan con desesperación y les avergüenza explicar los métodos que emplean en esta guerra. Pero los conocíamos y los esperábamos.
Lo aceptamos todo como un nuevo sacrificio en el altar de la independencia cubana.
Es lógico que tal sea la conducta de la nación que expulsó a los judíos y a los moros; que instituyó y fortaleció la terrible Inquisición; que fundó los tribunales de sangre en los Países Bajos; que aniquiló a los indios y exterminó a los primeros pobladores de Cuba; que asesinó a miles de sus súbditos en las guerras de independencia sudamericana, y que colmó la copa de la iniquidad en la última guerra en Cuba.
Es natural que proceda así un pueblo que, por el mero hecho de una educación supersticiosa y fanática, y por las vicisitudes de su vida social y política, ha caído en una especie de deterioro fisiológico que le ha hecho retroceder siglos enteros en la escala de la civilización.
No es extraño que un pueblo así proclame el asesinato como sistema y como medio para sofocar una guerra causada por sus ansias de dinero y poder. Matar al sospechoso, matar al criminal, matar al prisionero indefenso, matar al herido indefenso, matar a todo aquel que pueda impedir su acción desoladora: todo esto es comprensible como la forma en que los españoles siempre han entendido y llevado a cabo la guerra.
Pero no detenerse en el hogar sagrado y venerado, personificación de todo lo más pacífico y noble; ni en las mujeres, emblema de la debilidad; ni en los niños, símbolo abrumador de la inocencia inofensiva. Atraer sobre ellos destrucción, ruina y asesinato, constante y cruel; ¡ah, señor, qué horrible es esto! La pluma se me cae de las manos al pensarlo, y a veces dudo de la naturaleza humana al contemplar, con los ojos empañados por las lágrimas, tantos corazones ultrajados, tantas mujeres sacrificadas, tantos niños cruel e inútilmente destruidos por las columnas españolas.
Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. No solo se obliga a estos infelices a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se les obliga a morir de hambre, sino que se les tilda como firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel.
¿Debe un pueblo civilizado tolerar tales hechos? ¿Pueden los poderes humanos, olvidando los principios fundamentales de la comunidad cristiana, permitir que esto continúe? ¿Es posible que un pueblo civilizado consienta el sacrificio de hombres desarmados e indefensos? ¿Puede el pueblo americano contemplar con culpable indiferencia el lento pero completo exterminio de miles de americanos inocentes? No. Usted ha declarado que no puede; que tales actos de barbarie no deben permitirse ni tolerarse. Vemos la brillante iniciativa que ha tomado al protestar enérgicamente contra la matanza de europeos y cristianos en Armenia y China, denunciándolos con sincera energía.
Sabiendo esto, hoy me dirijo a usted con franqueza y lealtad, y declaro que no puedo evitar por completo los actos de vandalismo que deploro.
No basta con proteger a las familias de los cubanos que se unen a nosotros, ni con que mis tropas, siguiendo el ejemplo de la civilización, respeten y liberen inmediatamente a los prisioneros de guerra, curen y recuperen a los heridos del enemigo y eviten las represalias. Parece que los españoles no se dejan persuadir por ninguna forma de persuasión que no esté respaldada por la fuerza.
Ah, señor, las vicisitudes de esta cruel lucha han causado mucho dolor en el corazón de un anciano y desafortunado padre, pero nada me ha hecho sufrir tanto como los horrores que le cuento, a menos que sea ver que usted permanece indiferente ante ellos.
Dígale a los españoles que pueden luchar contra nosotros y tratarnos como les plazca, pero que deben respetar a la población pacífica; que no deben ultrajar a las mujeres ni masacrar a niños inocentes.
Tienen un precedente noble y admirable para tal acción. Lean la tristemente famosa proclama del general español Balmaceda, de 1869, que proclamaba, prácticamente, la reproducción de esta guerra, y recuerden la honorable y noble protesta que el Secretario de Estado formuló contra ella.
El pueblo americano marcha legítimamente a la cabeza del continente occidental, y no debe tolerar más el asesinato frío y sistemático de americanos indefensos, a menos que la historia les impute participación en estas atrocidades.
Imite el noble ejemplo que indicó anteriormente. Su conducta, además, se basará sólidamente en la Doctrina Monroe, pues esta no puede referirse solo a la usurpación de territorios americanos y no a la defensa del pueblo americano contra las ambiciones europeas. No puede significar proteger el suelo americano y dejar a sus indefensos habitantes expuestos a las crueldades de una potencia europea sanguinaria y despótica. Debe extenderse a la defensa de los principios que animan la civilización moderna y forman parte integral de la cultura y la vida del pueblo americano.
Corone su honorable trayectoria como estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga el sello de su autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en su memoria, y Dios, el sumamente misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.
Soy su humilde servidor,
Máximo Gómez.