El 14 de septiembre de 1977, Tomás Gutiérrez Alea escribe una larga carta a Alfredo Guevara, con el fin de, le dice, “aclarar algunas cosas contigo”. Han pasado varios años desde aquel lejano 1959, y según Titón, “se han acumulado reservas, malentendidos, desinformaciones, suspicacias, prejuicios, etc, que dañan, no ya nuestras relaciones personales, que de hecho han dejado de existir desde hace tiempo, sino la eficacia de nuestro trabajo”.[1]
De la lectura de esa misiva se deduce el descontento de Gutiérrez Alea con lo que él considera una situación que le hace sentirse “subutilizado” dentro del ICAIC, trabajando “en medio del silencio, la incomprensión, la indiferencia, la falta de estímulos”. Sin embargo, nada de ello impide que hacia el final de la carta le anuncie a Guevara:
“Otra información: ya sabes que solicité ser procesado para el Partido. Algún día quizás podremos hablar sobre esto. Durante mucho tiempo no me he preocupado lo suficiente por la imagen que proyectaba sobre los demás, pues creía que bastaba para la tranquilidad de mi conciencia la imagen que yo tenía de mí mismo, el conocimiento de mis propias convicciones. Puede ser que mi conciencia haya permanecido tranquila todo ese tiempo, pero eso no le interesa a nadie, y yo no aspiro a vivir sólo con mi conciencia, sino con los demás. Aspiro por tanto a comunicarme a través de todos mis actos, de la manera más clara posible, sin ambigüedades de ningún género. La cosa, de todas maneras, es más compleja y no cabe ahora extenderse sobre ello”.[2]
He aquí una de esas lagunas que, por el momento, seguiremos sin esclarecer del todo dentro de la biografía de Tomás Gutiérrez Alea, pues no existe indicio alguno de que ese proceso de ingreso se iniciara alguna vez. Por otro lado, en la entrevista que posteriormente le concede a Silvia Oroz a mediados de los años ochenta, le comenta a la investigadora: “Nunca he militado (en el Partido) aunque siempre he trabajado junto a ellos. Quien sí militaba era Almendros, estaba afiliado a la juventud del Partido Socialista Popular, ahora insiste en que siempre ha sido “apolítico”, y fue él quien me llamó para realizar esos dos cortos”[3].
¿Qué fue entonces aquello que le informaba a Alfredo Guevara sobre su solicitud de ingreso?, ¿acaso un rapto de entusiasmo efímero? El cineasta Manuel Pérez expone sus consideraciones del siguiente modo:
Creo que en la etapa en que Jesús Díaz era secretario general del núcleo de la Productora del ICAIC (1976-80) es que supe algo del interés de Titón. Recuerdo a José Antonio González comentándome algo pero sin precisar si lo supo informalmente, Titón se lo dijo o se le comentó Jesús. Lo normal es que la persona haga una carta formal haciendo la solicitud para que se le analice y la entregue al Secretario General del núcleo del centro de trabajo. Con el acuerdo del núcleo va al municipio y se aprueba o no hacer el proceso en ese momento o más adelante.
¿Existe la carta formal de esa solicitud? Alguien tan organizado como Titón conservó copia si lo hizo. Lo otro es que haya dado un primer paso conversándolo (que es lo que creo puede haber ocurrido) con Jesús o con otro dirigente del PCC-ICAIC en esa época y posteriormente haya cambiado de opinión. Pero nunca se inició proceso formal porque entonces yo sí lo hubiese conocido porque se pone en conocimiento del núcleo para iniciar los pasos de entrega de biografía, avales, verificación, etc. Algo que debe ser de conocimiento y aprobación del Municipio PCC para que se desencadene. Ni José Antonio ni Jesús existen. Tal vez Gloria María Cosío que fue organizadora del núcleo por un tiempo en esa época o Raúl Jaimes (ingeniero entonces en Sonido) que sustituyó a Jesús puedan saber algo más. Pero proceso para el análisis sí te garantizo que no se desencadenó.
Titón sí estuvo vinculado al núcleo del PSP en el ICAIC en los años 60-61. No era militante del mismo, pero por las relaciones históricas con ese Partido, desde “Nuestro Tiempo”, al igual que Julio García-Espinosa, eran invitados a la mayoría de las reuniones de esa organización. Lo que se conocía en lenguaje de la época como «compañeros de viaje». Ese núcleo se disolvió cuando venían las ORI en el 62 y en la concreta nunca se crearon en el ICAIC. Eso es lo que recuerdo.[4]
Las críticas superficiales, esas que se contentan con describir la epidermis de los fenómenos, pero rechazan aventurarse en las paradojas que nutren en su interior a estos, obviando el análisis dinámico del contexto en que el individuo toma sus decisiones, podrían ver en esa repentina solicitud de ingreso al Partido una concesión al Poder ante el cual Titón siempre aspiró a mostrarse crítico. O una ingenuidad que le permitía pensar que eran posibles los ataques a los males del socialismo “desde dentro”.
Este tipo de crítica se desentiende del optimismo que generaba entre los ciudadanos de entonces los acuerdos tomados en el Primer Congreso del PCC, con sus promesas de llevar adelante el primer plan quinquenal. Por otro lado, es una crítica que, de modo arrogante, descalifica una postura contraria en virtud de acontecimientos que, décadas más adelante, decretaron la debacle del comunismo de antaño, pero sin tomar en cuenta la naturaleza histórica de las decisiones que se toman o dejan de tomar. En tal sentido, las críticas merecidas a aquel socialismo de cartón, sostenido por demagogos a los cuales les convenía la burda transformación de ideales ancestrales en ideología represora, no deberían fomentar el equívoco de identificar militancia marxista con pensamiento de rebaño.
Titón se había empeñado desde temprano en defender la independencia de su pensamiento. En uno de sus primeros desencuentros con Alfredo Guevara, después que éste ocupara la presidencia del ICAIC, le había escrito: “(…) cuando te fuiste del Partido, diste como una razón determinante el hecho de que no podías soportar por más tiempo “que otros pensaran por ti”. (…) ¿por qué tú, ahora, te empeñas en pensar por los demás?”[5] Coincidía con las líneas generales de la lucha social que impulsaba la Revolución, pero le angustiaba demasiado la “necesidad de enajenar parte de la libertad individual en momentos determinados”[6], como le había reclamado alguna vez Guevara. Es cierto que, a pesar de todos los desencuentros con el presidente del Instituto, lo había apoyado de modo incondicional porque, a su juicio, éste encarnaba “la posición más correcta y avanzada dentro de la Revolución”[7], pero eso jamás había traído como consecuencia que Titón renunciara a su insobornable vocación crítica, si bien sacrificó la publicidad de los debates.
El problema siempre estuvo en que en el horizonte de expectativas de aquellos que se empeñaban en pensar por cabeza propia las circunstancias que le habían tocado habitar, la “Revolución” no era exactamente algo que propiciara meditarla según las reglas con las que opera el sentido común a la hora de mencionarse el tiempo y el espacio. También para ellos, la Revolución era una suerte de metarrelato donde la finitud de los individuos carecía de importancia. O no era tan importante, en comparación con el sujeto colectivo que encarnaba el proceso revolucionario.
La creencia (muchas veces honesta) de que en los partidos (no importa el signo ideológico de éstos), ha conseguido aglutinarse la vanguardia de la sociedad, carece de todo fundamento racional. Los partidos, por nobles o realistas que puedan resultar sus propuestas, no consiguen anular ese conjunto de contradicciones íntimas que conforman a cada uno de sus miembros, por lo que los diversos reglamentos y códigos de éticas por los que se rigen éstos terminan propiciando un exceso de abstracciones morales y principios trascendentales que, en el grueso de los casos, acaban divorciados de modo irreconciliable con la realidad, y anulando la libertad del individuo en función de una bandería ajena, por colectiva.
Desde luego, esto no significa que la causa del partido al que se pertenezca no se sienta como propia. Las convicciones compartidas, aunque irracionales, operan como el instrumento que permite que un simple individuo no se sienta náufrago en su propia existencia. La fe en Dios, en la Historia, en la Ciencia, en la Justicia, en la Libertad (entendidas como abstracciones) no demanda que se entreguen evidencias de que existe un orden superior al cual de forma inexorable se llegará por un sendero escogido, pero permite que los hombres se agrupen alrededor de una idea única que no cuestionarán, y donde verán como justificable el sacrificio y/o represión de lo diferente, de lo que no encaja con las ideas que ya tienen de la realidad.
Para Titón no eran desconocidos esos (tristemente) célebres episodios a través de los cuales se habían manifestado en el pasado contradicciones nada leves entre quienes dirigían los Partidos Comunistas de entonces, y algunos de sus miembros más heréticos, más empeñados en pensar por cabeza propia esa realidad que, en teoría, debía transformarse para bien de las mayorías desposeídas. Por el ICAIC había pasado en 1961 precisamente el mexicano José Revueltas, un novelista que en 1949 se ganó las más amargas críticas por parte de sus compañeros de ideología, al publicar la novela Los días terrenales, la cual encaraba críticamente las perversiones estalinistas presentes en el seno del Partido Comunista azteca.
El caso de Revueltas resultaba dolorosamente aleccionador por más de una razón. Se trató de un intelectual que hacía sus críticas “desde” la izquierda, y desde la convicción marxista, y que en un momento determinado llegó a pedir en público, luego de desatadas las diatribas de sus compañeros en su contra, que se retiraran “de la circulación comercial los ejemplares de dicho libro”, con tal de no dañar la causa partidista. Y algo de esto también estaba presente en la actitud de Titón, quien en algún momento de su misiva le escribe a Guevara: “Yo he manifestado mi inconformidad en diversas ocasiones, he discutido hasta donde han llegado mis fuerzas y mi capacidad, pero he terminado siempre acatando la línea finalmente acordada cuando me he convencido de que no se podía ir más lejos en la discrepancia sin lastimar seriamente a la Revolución”.[8]
También creía que era un deber profundizar en las enseñanzas de Marx, y por ello el año anterior había asistido a un curso de post-grado de Marxismo impartido por la profesora Zaira Rodríguez en la Universidad de La Habana. De alguna manera, quería contribuir a conjurar los peligros que el propio José Revueltas denunciara con anterioridad en el caso del Partido Comunista Mexicano:
Nuestra deformación del marxismo comenzó con nuestra actitud ante la realidad. Comenzamos por abolir, poco a poco, la realidad, esa realidad que no estaba de acuerdo con nuestras ideas preconcebidas (hasta instalarse entre nosotros) el fantasma aplastante, paralizante, de la “razón de estado”, de esa razón de Estado dispuesta a negar, a ocultar y deformar la realidad en cuanto ésta se le opusiera al paso.
Ser o no ser del Partido, entonces,no era para Titón exactamente una cuestión de acatar o rechazar una autoridad ideológica (que en el caso cubano se asociaba al liderazgo único de Fidel Castro), sino que ante todo estaba “el deseo de afirmar la Revolución y de que ésta se viera dañada lo menos posible por lo que yo he considerado errores y torpezas de otros compañeros”[9].
Titón creía en el proceso revolucionario como algo colectivo que, por ser todavía joven, merecía su voto de confianza, aunque él no estuviese dentro de esa vanguardia que, por aquellas fechas, se decía tenía la misión de educar en el credo comunista a las nuevas generaciones.
[1] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 219.
[2] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, pp 229-230.
[3] Silvia Oroz. Los filmes que no filmé, pp 22-23.
[4] Respuesta enviada por correo electrónico al autor.
[5] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 82.
[6] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, pp 220.
[7] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, pp 220.
[8] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 221.
[9] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, pp 221.



