OPINIÓN · MEMORIA CUBANA
De la libreta de abastecimiento a la autocensura: diez experiencias documentadas muestran cómo el régimen cubano entró en la compra, las conversaciones y los proyectos de vida.
Antes de entender qué significaba vivir bajo el comunismo, muchos cubanos ya habían aprendido a preguntar quién era el último y a bajar la voz cuando cambiaba la conversación.
La primera lección podía llegar en una bodega. La siguiente, en la cocina de la casa. Había que saber qué producto había entrado, cuánto tocaba y qué comentario convenía dejar entre aquellas paredes. La política se aprendía también así: haciendo la compra y midiendo las palabras.
El punto de partida es una recopilación de testimonios publicada por BuzzFeed. Esta nota examina, con documentación adicional, diez experiencias cubanas.
Las vivencias variaron según la época, el lugar y los recursos de cada familia. Aquí, vivir bajo el comunismo se refiere a la experiencia del régimen cubano de partido único y su control sobre decisiones cotidianas. El hilo que une estas historias es la dependencia: para abastecerse, viajar, estudiar o expresar una opinión.
1. Vivir bajo el comunismo: el tiempo que se fue en una cola
La libreta de abastecimiento se implantó en 1962. El sistema organizó la distribución de determinados productos mediante raciones. Para las familias, aquel pequeño documento terminó ligado a una pregunta mucho más grande: qué habría para comer.
Conviene separar la cantidad asignada de la posibilidad de conseguirla. El calendario doméstico podía depender de una entrega, de una información que corría por el barrio o de la persona que podía quedarse esperando.
Una cola tiene un precio que no aparece en el mostrador. Se paga con horas de trabajo, descanso y compañía. Cuando conseguir lo básico exige tanto tiempo, el día se organiza alrededor del abastecimiento. La vida que queda para todo lo demás se hace más pequeña.
2. Comprar lo que aparezca, aunque no sea lo que necesitas

En mayo de 2021, un reportaje desde Holguín describió tiendas en MLC con largas estanterías de agua y puré de tomate, mientras faltaban otros artículos. Era posible encontrar mucho de unas pocas cosas y casi nada de lo que se había salido a buscar.
Esa escena ayuda a entender una costumbre: comprar cuando aparece, porque nadie garantiza la próxima oportunidad. La lista de necesidades pierde autoridad frente a la mercancía disponible.
La escasez termina entrando en las decisiones más pequeñas. Cambia el menú, obliga a recorrer más establecimientos y convierte una compra sencilla en una jornada de búsqueda. Tener dinero tampoco resuelve por sí solo un estante vacío.
3. Una nevera podía durar más que las promesas

Los electrodomésticos soviéticos ocupan un lugar particular en la memoria cubana. Cubanos por el Mundo recogió testimonios sobre su durabilidad y sobre la dificultad de adquirir equipos nuevos. La permanencia de aquellos aparatos mezclaba satisfacción con falta de alternativas.
Reparar puede ser una decisión sensata. El problema aparece cuando reemplazar un equipo deja de ser una opción real y cada avería amenaza el funcionamiento de la casa.
Alrededor de una nevera se acumulan arreglos, favores y conocimientos aprendidos por necesidad. Ese ingenio merece respeto. También obliga a mirar las condiciones que lo hicieron indispensable: cuánto esfuerzo doméstico hubo que dedicar a mantener funcionando lo que debía facilitar la vida.
4. Cobrar en pesos y necesitar divisas para comprar

El 20 de julio de 2020 comenzó la venta de alimentos y artículos de aseo en MLC en determinados establecimientos. La explicación oficial de la medida quedó recogida por Cubadebate. Para quienes recibían su salario en pesos cubanos, acceder a ese circuito requería conseguir fondos en divisas.
La separación entre la moneda del salario y la que exigía la tienda abría una distancia entre trabajar y poder abastecerse. El esfuerzo laboral no bastaba para resolver el acceso al dinero con el que se cobraban esos productos.
Vivir bajo el comunismo podía incluir esta contradicción: escuchar hablar de igualdad mientras las posibilidades de compra dependían de entrar en un circuito monetario distinto. La división se hacía visible frente al mostrador.
5. Tu viaje empezaba pidiendo permiso para salir

Durante décadas, viajar al extranjero desde Cuba requirió un permiso de salida. Su eliminación general entró en vigor el 14 de enero de 2013, aunque la reforma conservó restricciones para determinados grupos.
Visitar a un familiar o emprender un proyecto personal dependía, antes de llegar a la frontera, de una autorización estatal. La decisión de moverse quedaba sometida a una oficina.
El costo de esa dependencia se mide también en oportunidades aplazadas: una vida pendiente de la respuesta de otro.
6. Aprender a hablar bajito dentro de tu propia casa
El 28 de septiembre de 1960, Fidel Castro anunció: «Vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva». La vigilancia formaba parte explícita del proyecto político.
El efecto de una estructura así puede entrar en casa antes que cualquier funcionario. Cuando expresar una opinión supone exponerse a consecuencias, la familia empieza a medir las palabras y a distinguir entre lo que se piensa y lo que se puede repetir afuera.
La autocensura funciona sin necesidad de que alguien interrumpa cada conversación. Basta con que el hablante anticipe el riesgo. Ese aprendizaje convierte el silencio en una forma de protección y estrecha el espacio en el que una persona se siente libre.
7. La desconfianza podía sentarse a tu lado
En 2003 se conoció públicamente la condición de agentes de la Seguridad del Estado de Manuel David Orrio y Néstor Baguer, vinculados al periodismo independiente. Ambos declararon contra el periodista Raúl Rivero, según documentó El País.
La infiltración daña algo que ninguna estadística mide con facilidad: la confianza entre personas que creen compartir un proyecto.
Después de una revelación semejante, hasta una conversación corriente puede despertar dudas. La vigilancia alcanza entonces otra dimensión: consigue que la sospecha continúe trabajando cuando el agente ya no está delante.
8. Una opinión podía poner en peligro una carrera
En 2017, Karla Pérez fue expulsada de Periodismo en la Universidad Central de Las Villas por motivos políticos. Cubanos por el Mundo informó sobre la oficialización de la medida y su intención de recurrirla.
Su caso permite ponerle nombre a una forma de control: condicionar la permanencia en una institución educativa a la posición política del estudiante.
La sanción interrumpió su formación en aquella universidad. También hacía visible para otros alumnos el posible costo de disentir. En un aula, esa presión afecta la libertad de preguntar, contrastar y discutir, capacidades especialmente necesarias para quien se prepara para ejercer el periodismo.
El acceso a la educación pierde una parte de su sentido cuando exige obediencia a cambio de continuidad.
9. Un apagón también podía llevarse la comida
Durante el apagón nacional de octubre de 2024, familias cubanas recurrieron al carbón y la leña para cocinar y evitar que los alimentos se echaran a perder. La interrupción eléctrica se convirtió en otra emergencia doméstica.
Dentro de un refrigerador se guarda mucho más que comida. Allí están el dinero que costó comprarla, el tiempo de las colas, el transporte y los planes para los días siguientes. Perder esos alimentos significa volver a empezar una parte del esfuerzo.
La oscuridad cambia el orden de las prioridades. Hay que improvisar cómo cocinar, qué consumir primero y cuánto puede conservarse. Una infraestructura que falla obliga a las familias a asumir trabajo, gastos y riesgos que no habían elegido.
10. La igualdad terminaba en la puerta del hotel
En marzo de 2008 se levantó la prohibición que impedía a los cubanos alojarse en hoteles de turismo internacional. La restricción había mantenido durante años una diferencia de acceso entre ciudadanos y visitantes extranjeros.
La puerta del hotel hacía visible una contradicción difícil de explicar con consignas: el viajero extranjero podía reservar un alojamiento vedado al ciudadano cubano.
El levantamiento de aquella prohibición debe recordarse con su fecha. También debe recordarse que existió. Una decisión posterior puede eliminar una barrera administrativa; no borra la experiencia de haberla encontrado.
Para evaluar una promesa de igualdad conviene mirar quién podía acceder, quién debía esperar y quién tenía que aceptar que aquel alojamiento no estaba permitido para él.
Lo que queda después de aprender a vivir bajo el comunismo
Estas diez experiencias conectan la historia política con la vida doméstica. Muestran cómo las decisiones del poder pueden organizar las horas de una persona, el contenido de su despensa y hasta el volumen de su voz.
Recordar lo que significó vivir bajo el comunismo exige escuchar a quienes cargaron con esas limitaciones. La solidaridad entre vecinos, los arreglos ingeniosos y la capacidad de sacar adelante a una familia hablan de quienes resistieron. También dejan una pregunta pendiente sobre el sistema que les exigió tanto para conseguir lo básico.
Quizá una de las pérdidas más difíciles de contar sea todo lo que quedó para después: estudiar otra cosa, visitar a alguien, descansar una tarde o decir lo que se pensaba sin calcular las consecuencias.
¿Qué escena concreta de tu vida ayuda a explicar alguna de estas diez experiencias? Comparte tu recuerdo con Cubanos por el Mundo y sigue @cubanosdelmundo para continuar esta conversación.