Aleida Guevara llora por los niños; pero no por los de Cuba, o los que son secuestrados y asesinados por Putin en Ucrania
Aleida Guevara, hija del terrorista, Ernesto “Che” Guevara, matasano de profesión y defensora de oficio del régimen castrista, apareció nuevamente ante las cámaras, en una entrevista HispanTV, un “médio” financiado y al servicio, del régimen criminal de Irán; derramando, lágrimas por los niños de Irán y Palestina. ¿Imagen conmovedora? ¿Para quién? El problema no es que llore por ellos. El problema es lo que no llora. O mejor dicho: a quiénes deliberadamente elige no llorar.
Aleida, que viaja el mundo con el apellido de su padre como pasaporte diplomático, que da conferencias en foros internacionales denunciando los crímenes del “imperialismo”, tiene una memoria curiosamente selectiva cuando se trata del sufrimiento infantil que ocurre bajo el sistema que ella representa, defiende y del que es parte activa.
Hay una hipocresía que duele más que el silencio. Es la que viene disfrazada de compasión.
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El Remolcador 13 de Marzo: los niños que el mar no pudo ocultar

El 13 de julio de 1994, una embarcación llamada “Remolcador 13 de Marzo” intentó cruzar el Estrecho de la Florida cargada de cubanos desesperados por huir del paraíso socialista. A bordo iban 10 niños. El régimen cubano envió remolcadores del Estado que, con mangueras a presión y maniobras deliberadas de embestida, hundieron la embarcación. Murieron 37 personas. Los niños se ahogaron. Sus madres, también.
El crimen fue documentado. Los sobrevivientes testificaron. El mundo lo supo. Pero Aleida Guevara no lloró entonces. No llora ahora.
¿Dónde estaban sus lágrimas para Yuni, de 3 años? ¿Para los hermanos que nunca llegaron a ninguna orilla?
Cuba tiene una sanidad de exportación. Eso dice Aleida en sus giras internacionales. Pero Paloma murió en Cuba por una negligencia médica. Una niña. Una vida que se apagó en el mismo sistema de salud que su familia —el régimen— presume ante el mundo como modelo.
Lo que vino después fue aún más brutal: sus padres se atrevieron a pedir justicia. Solo eso. Justicia para su hija muerta. Y el régimen, ese mismo del que Aleida Guevara es vocera y beneficiaria, los castigó con el destierro. Los expulsó de su país por llorar a su hija y exigir cuentas.
¿Lloró Aleida por Paloma? ¿Alzó su voz por esos padres desterrados? El silencio es su respuesta.
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Las niñas del balcón: La Habana se cae encima de sus hijos
La Habana se derrumba. No es metáfora. Es cemento y polvo y vidas truncadas. Niñas cubanas han muerto aplastadas por balcones que se desploman porque el régimen lleva décadas sin invertir en el mantenimiento de una ciudad que se cae a pedazos mientras sus dirigentes viajan en autos de lujo y sus apologistas internacionales dan conferencias en hoteles de cinco estrellas.
Esas niñas no salían en los foros internacionales de Aleida. No aparecen en sus discursos sobre los derechos de la infancia. Son niñas cubanas, y eso las convierte en un tema incómodo.
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La hipocresía como sistema
La solidaridad que no empieza en casa es propaganda, no humanismo.
Aleida Guevara puede llorar por los niños del mundo entero. Tiene ese derecho. Lo que no tiene es credibilidad moral para hacerlo mientras guarda silencio cómplice sobre los niños cubanos que han muerto, han sufrido y han sido ignorados por el mismo régimen que ella defiende con cada aparición pública.
Las lágrimas que no incluyen a los niños del Remolcador 13 de Marzo, a Paloma, a las niñas aplastadas por los balcones de La Habana, a todos los que el castrismo ha sacrificado en su altar ideológico, no son lágrimas. Son maquillaje político.
Y el pueblo cubano, que lleva décadas sepultando a sus hijos en silencio forzado, sabe distinguir perfectamente la diferencia.