El investigador Ståle Wig llegó a Cuba casi por casualidad en 2014, en pleno anuncio del deshielo entre Washington y La Habana.
Lo que comenzó como una escala turística terminó convirtiéndose en un proyecto doctoral y en un libro testimonial.
Durante tres años condujo un taxi por las noches, compartió la vida cotidiana de los habaneros y documentó una realidad marcada por la escasez, la vigilancia y la doble moral.
Su obra Taxi Havana (coeditada en Argentina por Hypermedia y CADAL) ofrece un retrato de una sociedad que, según él, vive atrapada entre la ilusión y la desilusión.
Cómo el noruego Ståle Wig terminó al volante de un almendrón habanero
Ståle Wig no era un simpatizante romántico de la Revolución. “Nunca fui uno de esos jóvenes con un cartel del Che Guevara en mi cuarto”, confiesa en la entrevista que concedió a Infobae.
Tras ganar una beca para estudiar en Sudáfrica, una visita familiar en México y una semana en La Habana coincidieron con el histórico comunicado de Obama y Raúl Castro.
El impacto cultural fue inmediato: cambió el destino de su tesis y regresó a Oslo para pedir autorización. La universidad aceptó.
Con fondos de la organización Palabra Libre compró un automóvil y lo convirtió en herramienta de investigación, inspirado en el documental iraní Taxi Teherán.
“Sabiendo que los taxistas quieren hablar, me resultó algo interesante de hacer”, explicó.
El vehículo, cuya dueña real aparece en el libro como Catalina, se transformó en un observatorio móvil de la vida cotidiana.
Ståle Wig conducía de noche, otro chofer lo hacía de día y la propietaria lo usaba para su negocio informal de pelucas.
Obtener la licencia exigió “mucho soborno” y, apenas conseguida, una avería dejó el auto fuera de servicio.
“Ser dueño de un carro en Cuba es como ser dueño de un caballo o algo así, es pesado. Pasa más tiempo en el taller que en la calle”, relata.
Tres personajes que encarnan la supervivencia y la máscara cotidiana
A través de Catalina, Linette y Norges Rodríguez, Ståle Wig reconstruye las contradicciones del día a día.
Catalina, militante del Partido Comunista y a la vez “reina del bajo mundo”, declara su “amor” por Fidel Castro pero reconoce los problemas del país.
“Tenía esas dos caras en su personalidad, que se jugaba constantemente entre lo oficial y lo informal”, cuenta el autor.
Para sobrevivir, explica, “el sistema te obliga a mantener esa doble cara”.
Linette, santiaguera que huyó de una relación abusiva en Rusia, reinventó su vida en La Habana y abrió un negocio de Airbnb tras formarse en Cuba Emprende.
Norges Rodríguez, joven periodista, salió del clóset y creó un blog en los años del optimismo Obama-Castro.
Creyó que “ahora se puede hablar de las cosas”. Terminó amenazado con 20 años de prisión y forzado al exilio tras las protestas del 11 de julio de 2021, señalado como “conspirador”.
Wig mismo experimentó la vigilancia: intervenciones telefónicas, visitas policiales y interrogatorios.
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“Empiezas a cuestionar un poco tu vida. Forma parte de la experiencia de vivir en un Estado autoritario”, afirma.
De la esperanza evaporada al éxodo histórico: la Cuba de hoy que conoció Ståle Wig
El 11 de julio de 2021 marcó un antes y un después. Wig regresó ese año para leerle el manuscrito a Catalina con Bob Marley de fondo “para evitar que los vecinos escucharan”.
Encontró un país “apagado”, con cortes de luz de hasta 20 horas y una represión que dejó más de mil presos políticos.
“El futuro se transformó, no en otro tiempo, sino en otro lugar”, sentencia. En dos años, dos millones de cubanos abandonaron la isla.
“Hay un sentido de que después del 11 de julio se apagó la luz en Cuba de varias maneras. Ahora hay apagones de casi veinte horas en las provincias del este. Pero también la esperanza que hubo durante Obama y la apertura, la llamada actualización del modelo económico, se acabó con el 11 de julio, con más de mil presos políticos y la represión fuertísima que le dio el Estado. La respuesta del cubano, sobre todo el joven, era entonces irse.”
Hoy describe una crisis “de todos los niveles”: económica, política y espiritual. “Hay una desesperación salvaje. Hay una incertidumbre total de lo que va a pasar”, advierte.
El aeropuerto José Martí se convirtió en símbolo: turistas que llegan buscando transformación y cubanos que parten convencidos de que el cambio no llegará.
“Para comprender a Cuba tienes que experimentarla”, insiste Ståle Wig. Y remata: “Salí con el corazón roto y con un entendimiento más profundo sobre las cosas que no se están cambiando”.