El régimen cubano volvió a quedar atrapado en sus propias contradicciones luego de que el diario oficial Granma confirmara la existencia de conversaciones con funcionarios de Estados Unidos, mientras de cara al pueblo mantiene el tradicional discurso de confrontación contra Washington.
La revelación resulta especialmente incómoda para la narrativa oficial, sostenida durante décadas sobre consignas antiestadounidenses, marchas organizadas y acusaciones permanentes contra el llamado “imperio”.
Sin embargo, según la propia publicación del medio de propaganda estatal, representantes del castrismo sostuvieron reuniones con autoridades estadounidenses en La Habana bajo un clima descrito como respetuoso y profesional.
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La admisión vuelve a desnudar la doble moral de la dictadura, la cual, mientras en las plazas públicas repite el viejo libreto de “Yankee go home”, por detrás abre canales diplomáticos con ese mismo país cuando la crisis interna aprieta.
Durante años, el régimen cubano ha movilizado a trabajadores, estudiantes y militantes para actos políticos en los que se culpa a Estados Unidos de todos los males nacionales. Pero mientras se representa ese espectáculo propagandístico, la cúpula gobernante sabe que la verdadera amenaza no está afuera, sino dentro de la isla: apagones, escasez de combustible, inflación descontrolada, hospitales sin recursos y una población agotada.
La confirmación de contactos con Washington deja en evidencia que el castrismo utiliza el conflicto con Estados Unidos como herramienta política interna, pero al mismo tiempo necesita negociar con ese mismo interlocutor para intentar aliviar el colapso económico que ellos mismos provocaron, o peor aún, necesitan acordar su salida menos dolorosa del poder, buscando evitar que la administración de Donald Trump ejecute una operación similar a la de Venezuela en la isla.
Cuando no hay cámaras, cambia el tono
Según Granma, los encuentros se desarrollaron con profesionalismo y respeto mutuo. Esa descripción contrasta radicalmente con el lenguaje agresivo que el aparato oficial utiliza en televisión, escuelas y actos partidistas.
No obstante, nace una pregunta inevitable: si Estados Unidos es presentado como enemigo absoluto ante la población, ¿por qué el régimen se sienta a dialogar cordialmente cuando no hay cámaras?
La respuesta parece estar en la desesperación económica. Cuba enfrenta una de las peores crisis de su historia reciente, con generación eléctrica colapsada, producción agrícola en mínimos, éxodo masivo y creciente rechazo social.
Durante décadas, la dictadura ha intentado convertir el embargo estadounidense en explicación total del desastre nacional. Sin embargo, al reconocer conversaciones directas sin ultimátums públicos, el propio régimen cubano demuestra que existen canales abiertos y posibilidades diplomáticas.
Lo que queda al descubierto es otra realidad: no hay “bloqueo” capaz de explicar por sí solo el fracaso de un sistema que destruyó la productividad, persiguió la iniciativa privada y convirtió al Estado en administrador de la escasez.
La isla no se hunde por las consignas de Washington, sino por la ineficiencia del modelo comunista impuesto desde 1959.
Una estrategia vieja del régimen cubano: confrontar afuera, controlar adentro
El castrismo ha perfeccionado una fórmula durante más de seis décadas: mantener tensión externa para justificar represión interna. Cada crisis se atribuye al enemigo extranjero; cada protesta se presenta como conspiración; cada carencia se usa para exigir sacrificios.
Pero cuando las reservas se agotan y la presión social crece, aparecen discretamente las conversaciones con el mismo adversario al que insultan en público.
Lo que Granma terminó revelando
Lo que quizá buscó presentarse como normalidad diplomática terminó exhibiendo una verdad mucho más profunda: el régimen necesita a Estados Unidos más de lo que admite.
Mientras Miguel Díaz-Canel y la propaganda oficial llaman a la resistencia ideológica, los operadores del sistema buscan alivio económico y margen político mediante contactos reservados. En otras palabras, frente al pueblo venden confrontación; detrás de escena practican negociación.

Para muchos cubanos dentro y fuera de la isla, esta nueva contradicción confirma que el discurso revolucionario se sostiene más por costumbre que por convicción. La llamada lucha antiimperialista funciona como espectáculo para las bases fieles, mientras la élite gobernante maniobra para sobrevivir.
Granma, sin proponérselo, terminó exponiendo la esencia de la dictadura cubana: un poder que grita en público contra quien toca en privado para pedir oxígeno.
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